
Hay una frase que se repite con una ligereza alarmante: “yo no voto, eso no tiene nada que ver conmigo”. Se dice como si fuera un gesto de independencia, casi de rebeldía. Pero no lo es. Es, en realidad, una renuncia.
Renuncia a decidir. Renuncia a incidir. Renuncia, incluso, a quejarse con autoridad.
Porque no votar no es neutral. No es quedarse al margen. Es, en la práctica, dejar que otros decidan por usted. Es ceder el derecho más básico de una democracia: elegir el rumbo colectivo. Y lo más contradictorio es que muchos de quienes se declaran indiferentes son los mismos que luego critican, reclaman y se indignan frente a las decisiones públicas.
Decir que “el que gane no va a cambiar nada” no es una postura crítica, es una excusa cómoda. Porque claro que cambia. Cambia quién administra los recursos, quién define prioridades, quién decide si un barrio recibe inversión o sigue olvidado, si un hospital mejora o colapsa, si hay oportunidades o abandono. La política no es un asunto lejano: está en la calle que pisa, en el transporte que usa, en la seguridad que exige y en las oportunidades que reclama.
La abstención no castiga a los malos candidatos. Los fortalece. Porque entre menos personas participen, más peso tienen los votos de quienes sí lo hacen, incluso si lo hacen sin criterio, por presión o por interés. La indiferencia no limpia la política: la empeora.
Y hay algo aún más preocupante: se ha normalizado el desinterés como si fuera sinónimo de inteligencia. Como si “no creer en nada” fuera una señal de superioridad. No lo es. Es, en muchos casos, desinformación o cansancio mal gestionado. Y aunque el desencanto es comprensible, la apatía nunca ha sido una solución.
Nadie está obligado a apoyar ciegamente a un candidato. Nadie tiene que aplaudir lo que no le convence. Pero sí hay una responsabilidad mínima: informarse, analizar y participar. Votar no es un acto de fe, es un acto de criterio.
Porque mientras algunos deciden no participar, otros sí lo hacen. Y esos otros —con intereses, agendas o convicciones— terminan definiendo el futuro de todos, incluso de quienes eligieron no involucrarse.
No votar también es una decisión. Pero es una decisión que tiene consecuencias. Y una de ellas es perder el derecho moral a decir “esto no me representa”.
La democracia no se destruye solo con malas decisiones. También se debilita con el silencio de quienes prefieren no tomar ninguna.
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