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Odio entre vecinos: una cosa loca

Por: Oscar Villanueva, periodista y Comunicador Social

Durante las últimas semanas he caminado el barrio con una mezcla de curiosidad y esperanza. Lo que encontré no fue una sola historia, sino muchas: relatos que se cruzan entre sí, algunos marcados por la solidaridad, pero otros profundamente atravesados por heridas antiguas que aún no cicatrizan.

Hay calles donde el tiempo parece haberse detenido, no solo por el deterioro de los espacios comunes, sino por las relaciones humanas. Historias de conflictos que comenzaron hace años —a veces por motivos que ya nadie recuerda con claridad— y que hoy siguen vivos, heredados casi como una tradición silenciosa. Resulta desconcertante ver cómo vecinos que han compartido más de dos o tres décadas de vida en un mismo territorio no se hablan, se evitan o incluso se desprecian. Más inquietante aún es descubrir que ese distanciamiento ha pasado de generación en generación, como si el rencor también se enseñara en casa.

Pero no todo es desolador.

En medio de ese panorama también aparecen rostros distintos: personas que saludan, que sonríen, que abren la puerta sin prevención. Gente que cree en la posibilidad de cambiar la historia del barrio, que sueña con espacios más dignos, con iniciativas culturales, con emprendimientos gastronómicos, con una identidad que trascienda lo negativo. Hay quienes entienden que el barrio no es solo un lugar donde se vive, sino un proyecto colectivo que se construye todos los días.

Sin embargo, ese futuro no será posible si seguimos atrapados en las lógicas del pasado.

Un barrio no se transforma desde la distancia ni desde la indiferencia. Tampoco depende exclusivamente de líderes, de juntas o de unos cuantos voluntarios comprometidos. La verdadera transformación exige algo más complejo y, a la vez, más sencillo: voluntad colectiva. Entender que convivir implica no solo exigir derechos, sino asumir deberes. Que el espacio común es responsabilidad de todos. Que cada palabra, cada gesto, cada actitud suma o resta en la construcción de comunidad.

Por eso, el llamado es claro: desarmemos las violencias cotidianas. No solo las más evidentes, sino también aquellas que se esconden en el lenguaje, en la indiferencia, en el gesto hostil o en el silencio prolongado. Empecemos por lo básico: saludar, reconocer al otro, mirar al vecino con respeto. No se trata de forzar afectos ni de convertirnos en una gran familia, pero sí de recuperar algo fundamental: la cortesía, la empatía y el trato digno.

Porque al final, lo verdaderamente absurdo —lo realmente “loco”— no es que existan diferencias entre vecinos. Lo incomprensible es permitir que esas diferencias se conviertan en barreras permanentes que nos impidan convivir.

Un barrio puede tener muchas carencias, pero la más grave de todas es la falta de humanidad entre quienes lo habitan.

Y esa, a diferencia de muchas otras, sí está en nuestras manos cambiarla.

 

 

 

La opinión del columnista obedece exclusivamente a su criterio y al del sector que representa, y no compromete ni refleja la postura ni la línea editorial del medio de comunicación Ángeles TV.

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