
Estos últimos días la palabra “ayatolá” suele aparecer en las noticias y en las primeras planas de los periódicos, siempre asociada al poder político de Irán. Pero su origen es mucho más antiguo y guarda un significado mucho más religioso. En el islam chií, un ayatolá es un clérigo que ha alcanzado el más alto nivel de formación en jurisprudencia islámica. Durante siglos, estos líderes ejercieron una autoridad espiritual sobre los creyentes, interpretando la ley religiosa y orientando a las comunidades, pero sin gobernar directamente los Estados. Este equilibrio cambió con la revolución iraní de 1979. Tras la caída del sha, existe una ruptura total en el sistema político Iraní, pues el ayatolá Ruhollah Khomeini impulsó la idea que hoy moldea el sistema de gobierno irani (Que un jurista religioso debía dirigir el Estado). Así nació el sistema político de la República Islámica, donde la máxima autoridad no es solo política, sino también religiosa. Una potente conjunción entre poder pastoral, el poder carismático y el poder político.
La República Islámica de Irán ha tenido solamente dos líderes supremos: primero Khomeini, quien dirigió el país desde la revolución hasta su muerte en 1989, y luego su sucesor, Ali Khamenei, quien ocupaba ese cargo desde entonces. En otras palabras, desde la revolución hasta hoy solo dos ayatolás han concentrado la máxima autoridad política del sistema. Con la particularidad de que la relación de estos líderes con Estados Unidos ha sido conflictiva desde el comienzo. Khomeini llegó al poder denunciando la influencia estadounidense en Irán y acusando a Washington de haber sostenido durante décadas al régimen del sha. La crisis de los rehenes en la embajada estadounidense en Teherán en 1979 terminó de sellar una ruptura profunda entre ambos países.
Ali Khamenei; marca una línea aún más critica en la política exterior iraní que no se explica por un solo hecho, sino por una serie de decisiones políticas y estratégicas que marcaron el rumbo de Irán durante las últimas décadas. Una de las más importantes fue su respaldo al programa nuclear iraní, que Teherán ha defendido como un derecho soberano para el desarrollo energético y tecnológico. Washington, en cambio, ha sostenido que ese programa podría tener fines militares, lo que llevó a sanciones internacionales y a uno de los conflictos diplomáticos más prolongados de la política contemporánea. Otro elemento clave fue la política regional impulsada bajo su liderazgo. Irán ha apoyado a diferentes actores aliados en Medio Oriente, como el movimiento libanés Hezbollah y el gobierno sirio de Bashar al-Ásad durante la guerra civil en ese país. Desde la perspectiva iraní, estas alianzas forman parte de una estrategia de seguridad frente a amenazas externas; desde la visión estadounidense, representan una expansión de la influencia iraní en la región.
Khamenei también consolidó una narrativa política profundamente crítica frente a Washington. En numerosos discursos ha denunciado lo que considera décadas de intervención extranjera en Irán, recordando episodios históricos como el golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh, apoyado por Estados Unidos y el Reino Unido. Para Estados Unidos, Khamenei representaba la continuidad de un régimen que desafía su influencia en Medio Oriente; para la dirigencia iraní, en cambio, su liderazgo simboliza la defensa de la independencia política del país. Comprender esa tensión permite entender por qué la figura del líder supremo sigue siendo uno de los ejes centrales de la política internacional contemporánea Iraní.
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