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Ideologías del tamaño de un hipopótamo

Hay una imagen que debería avergonzarnos colectivamente: una hembra de hipopótamo decomisada por el antiguo INDERENA, recuperada mediante sobornos por el círculo de Pablo Escobar, y en el mismo cargamento, cebras reemplazadas por burros pintados con rayas para completar el engaño. No es una metáfora. Ocurrió. Y ese instante grotesco contiene en miniatura todo lo que Colombia prefiere no entender sobre sí misma: que el Estado no falló por ausencia sino por complicidad activa, y que las consecuencias de esa complicidad no se quedan en el papel, sino que caminan, pastan y se reproducen durante décadas en los humedales del Magdalena Medio.

En 1981, Pablo Escobar decidió construir el zoológico privado más grande de América Latina en su Hacienda Nápoles, importando ilegalmente cebras, elefantes, jirafas e hipopótamos desde un zoológico de Estados Unidos. No llegaron de contrabando en una maleta. Llegaron en aviones, con logística, con documentación falsificada, con funcionarios de la Aerocivil y del INDERENA que miraron hacia otro lado o facilitaron directamente el trámite. Señalar únicamente a Escobar es cómodo y narrativamente satisfactorio, pero incompleto: ningún animal de varios cientos de kilos entra ilegalmente a un país sin que alguien con credenciales oficiales lo permita. El problema de los hipopótamos no nació en África. Nació en esa interfaz porosa donde el Estado colombiano dejaba de ser Estado para convertirse en ventanilla de servicio del mejor postor. Desde la muerte de Escobar en 1993, ningún gobierno logró frenar la expansión de los hipopótamos. La medida más drástica llega después de treinta años de gestión fallida. Treinta años, seis presidencias, gobiernos de todos los colores ideológicos. Ninguno actuó con la determinación que el problema exigía. Eso no es un fracaso ideológico: es un fracaso estructural en la capacidad del Estado para tomar decisiones técnicamente correctas, pero políticamente incómodas. Y, sin embargo, lo que ocurre hoy es exactamente lo contrario de esa lucidez: el debate sobre los hipopótamos se ha convertido en un campo de batalla donde la pregunta real ¿cómo gestionamos una crisis ambiental grave? quedó sepultada bajo capas de señalamiento político y performatividad moral.

Slavoj Žižek describe la ideología no como un conjunto de ideas equivocadas que la gente sostiene conscientemente, sino como una estructura que organiza nuestra percepción de la realidad para evitar confrontar aquello que resultaría intolerable ver con claridad. En Colombia, la crisis de los hipopótamos ha activado exactamente ese mecanismo. La derecha usa el debate para desgastar al gobierno Petro, no porque tenga una política ambiental alternativa coherente (no la tiene, nunca la tuvo). Cierta izquierda cae en la trampa simétrica: se enreda en debates animalistas que, siendo legítimos en abstracto, resultan un lujo cognitivo cuando el río Magdalena está siendo reconfigurado por una especie invasora. Ambos bandos usan los hipopótamos para hablar de otra cosa. Y mientras tanto, la población ya supera los 200 individuos y podría alcanzar los 1.000 en 2035.

La postura animalista merece ser tomada en serio: los hipopótamos no eligieron estar en Colombia y eso crea una responsabilidad ética real. Pero «los hipopótamos no son responsables de estar en Colombia, sino consecuencia de decisiones humanas que hoy el Estado debe gestionar de forma ética», como señaló la propia congresista animalista Esmeralda Hernández. El problema es que «éticamente» no puede significar inacción indefinida. Una ética que solo ve al hipopótamo y no ve el ecosistema que está transformando (el manatí, la tortuga de río, los pescadores ribereños) no es ética ambiental: es sentimentalismo con buenas intenciones. Lo que Žižek diría es que el verdadero cinismo no está en quien propone la eutanasia sino en quienes llevan décadas sabiendo lo que dice la ciencia y actuando como si la indignación pública fuera un sustituto de la política pública. Como denunció la senadora Padilla, los animales son víctimas de «la irresponsabilidad, la negligencia, la indolencia y la corrupción estatal». Correcto. Pero esa denuncia tiene que ir acompañada de la pregunta incómoda: ¿dónde estaba esa indignación en 2005, en 2010, en 2015, cuando el problema era manejable? La respuesta es que no estaba en ningún lugar políticamente útil, y por eso nadie actuó.

Colombia heredó este problema porque un narcoestado permitió la entrada ilegal de animales exóticos, porque las instituciones estaban capturadas por el poder criminal, y porque los gobiernos posteriores carecieron de voluntad para asumir decisiones mediáticamente impopulares. Ese es el diagnóstico real. Todo lo demás es exactamente lo que Žižek describiría como la función social de la ideología: mantenernos ocupados discutiendo los síntomas para que no tengamos que mirar de frente la enfermedad. Los hipopótamos están en el Magdalena porque el Estado colombiano fue, durante décadas, un Estado que se podía comprar. Esa es la conversación que el país todavía no ha podido tener con honestidad. El resto es ruido.

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