
Colombia asiste hoy, sin sorpresa, al desmoronamiento moral de una administración que prometió «vida» y solo ha traído el hedor de la descomposición política. Las recientes revelaciones de Angie Rodríguez, quien fuera la sombra de Petro en la Casa de Nariño, no son simples chismes de pasillo; son el retrato hablado de un presunto concierto para delinquir instalado en el corazón del poder.
Mientras los ciudadanos trabajadores madrugan para sacar adelante un país asfixiado por la inseguridad y la incertidumbre económica, en las alfombras rojas de Palacio se libra una guerra mafiosa. No pelean por el bienestar de los colombianos, ¡qué va! Se están despedazando por el botín. Como bien señala Rodríguez, hay un hambre de «exprimir» el Estado bajo la premisa de que el tiempo se les agota. Es la mentalidad del saqueador: llevarse todo antes de que la justicia o la historia los alcance.
Lo más grave y lo que debería ponernos en máxima alerta es la figura de las «sombras» que mandan sin dar la cara. El caso de Juliana Guerrero es inaudito: una ciudadana sin títulos, imputada por falsedad, que presuntamente quita y pone funcionarios, desprestigia a la Vicepresidenta y, según las denuncias, se ufanaba de vínculos con el ELN para intimidar a quienes se atrevieran a cuestionarla. ¿En qué manos quedó la soberanía nacional? ¿Quién gobierna realmente Colombia?
El presidente, según su propia excolaboradora, está «encerrado». Un jefe de Estado aislado por su círculo más íntimo liderado por José Raúl Moreno y alimentado por el odio visceral de personajes como Carlos Carrillo es un peligro para la democracia. Mientras ellos juegan a los espías, grabándose unos a otros y traficando información como vulgares delincuentes, el ELN y las disidencias retoman el control de nuestros territorios ante la mirada indolente de una Fuerza Pública maniatada.
Esta es la realidad del «cambio»: un Palacio de Nariño convertido en un nido de intrigas donde el mérito fue reemplazado por la lealtad mafiosa. No hay ética, no hay preparación, solo hay un delirio de poder y plata. Es el triunfo del clientelismo más rastrero disfrazado de progresismo.
Los colombianos de bien, los que creemos en la ley y el orden, no podemos permitir que sigan desvalijando el país desde adentro. La justicia debe actuar con mano firme contra este «entramado de los 20» que menciona Rodríguez. Ya basta de que usen las instituciones para sus líos personales y sus negocios turbios. Colombia se respeta, y no vamos a permitir que la conviertan en el botín de guerra de unos improvisados enceguecidos por la codicia.
Por eso, hoy más que nunca, debemos mirar hacia la coherencia y el carácter. Nuestra única opción real para salvar a la nación es Paloma Valencia a la presidencia este 31 de mayo. Ella es la única que tiene el valor de enfrentar la politiquería, la única que conoce cada rincón de nuestro paísy la única que tiene un plan claro y firme para recuperar la seguridad y la dignidad de este país. No podemos improvisar más: con Paloma, Colombia vuelve a ser de la gente trabajadora.




