
Lo confieso sin rodeos: no estoy de acuerdo. No lo entiendo y, más aún, me niego a aceptar como normal que un ser humano afirme que su identidad esencial es la de un animal. Sé que esta postura incomoda en tiempos donde todo debe validarse sin cuestionamientos, pero el debate exige honestidad intelectual.
El fenómeno de los therians —jóvenes que aseguran tener una identidad animal profunda y que incluso practican desplazamientos en cuatro extremidades— dejó de ser un nicho digital para convertirse en asunto público. El diario El Colombiano reseñó recientemente cómo esta tendencia ha ganado visibilidad en distintos países, incluyendo Colombia, abriendo discusiones sobre salud mental, cultura digital y límites de la autoexpresión.
Se nos dice que es identidad. Que es expresión. Que es búsqueda espiritual. Pero una cosa es la metáfora —“me siento fuerte como un león”, “soy libre como un lobo”— y otra muy distinta es asumir que esa metáfora define ontológicamente lo que se es. La identidad humana no es un juego semántico moldeable al ritmo de las tendencias virales.
No me mueve el odio ni la burla. Me mueve la preocupación. Porque cuando una generación comienza a construir su sentido de sí misma en función del algoritmo, algo estructural está fallando. Las redes sociales premian lo llamativo, lo disruptivo, lo que rompe esquemas. Y en esa economía de la atención, la identidad puede convertirse en performance.
Algunos profesionales llaman a aceptar sin reservas, incluso a tratar a estas personas conforme al animal con el que dicen identificarse. Allí es donde discrepo con mayor firmeza. El respeto por la dignidad humana es innegociable. Pero el respeto no implica renunciar al juicio crítico ni a los marcos científicos que sostienen la comprensión de la salud mental.
No todo cuestionamiento es intolerancia. No toda crítica es odio. Una sociedad madura puede —y debe— debatir los límites entre libertad individual y construcción colectiva de realidad. Si todo es identidad, nada lo es. Si cualquier autopercepción exige validación automática, estamos debilitando la noción misma de criterio.
¿Hay jóvenes buscando pertenencia? Sin duda. ¿Hay necesidad de escucha y acompañamiento? Por supuesto. Pero también hay una responsabilidad adulta de ofrecer orientación, estructura y sentido, no simplemente aplaudir cualquier narrativa por miedo a ser señalados.
Tal vez este fenómeno no sea la causa, sino el síntoma. Un síntoma de una generación hiperconectada pero profundamente desorientada, que encuentra en comunidades digitales el reconocimiento que no halla en otros espacios.
Yo, personalmente, no puedo aceptar que redefinir la condición humana sea la respuesta a esa búsqueda. Escuchar, sí. Respetar como personas, siempre. Pero normalizar sin reflexión, no. Porque cuando todo se vuelve relativo, también lo hacen los fundamentos que sostienen nuestra convivencia.
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