
En Colombia, millones de personas salen cada mañana a trabajar gracias a que alguien más se quedó cuidando. Cuidando niños, adultos mayores, personas con condiciones de salud, el hogar. Sin embargo, ese trabajo indispensable para que la economía funcione sigue siendo invisible, no remunerado, profundamente desigual y sin ninguna clase de reconocimiento
Pero ¿ qué es la economía del cuidado? Básicamente hace referencia a todas aquellas actividades necesarias para la vida cotidiana: alimentar, limpiar, acompañar, educar, proteger. Aunque su aporte es incuestionable, históricamente se ha considerado una responsabilidad privada, familiar y, sobre todo, femenina. En Colombia, son las mujeres quienes en su mayoría, asumen la mayor responsabilidad en este trabajo, muchas veces sacrificando sus gustos, sus sueños, su profesión, su independencia económica y su bienestar.
Pensar y decir que el cuidado “no es trabajo” es una afirmación que causa desigualdad en nuestra sociedad. Si estas tareas se detuvieran, la economía formal de alguna forma colapsaría de manera inmediata. No habría fuerza laboral disponible, la productividad caería y el Estado tendría que asumir costos enormes. Aun así, el cuidado sigue sin traducirse en ingresos, protección social ni reconocimiento simbólico. Cuidar no paga pensión, no garantiza salud, no aparece en las hojas de vida y en términos generales no es reconocida de ninguna manera.
Esta situación no afecta a todas las mujeres por igual. La carga del cuidado se distribuye de manera profundamente desigual según la clase social, el territorio y el origen étnico. Mientras algunas familias pueden pagar servicios privados, muchas mujeres con condiciones económicas escasas, rurales o migrantes enfrentan una doble o triple jornada: cuidan en sus hogares y cuidan en los hogares de otros, casi siempre en condiciones de informalidad y bajos salarios. La economía del cuidado, así, reproduce las mismas brechas que dice combatir.
El Estado colombiano ha avanzado lentamente en el reconocimiento del problema, pero sigue tratándolo como un asunto secundario. La oferta pública de cuidado: jardines infantiles, atención a personas mayores, apoyo a cuidadores es insuficiente y fragmentada. En la práctica, cuando el Estado no cuida, el cuidado recae sobre las mujeres. Y cuando las mujeres no pueden más, el sistema simplemente se sostiene sobre su agotamiento.
Invertir en sistemas de cuidado no es un gasto innecesario; es una apuesta por el desarrollo. Países que han fortalecido el cuidado público han logrado aumentar el empleo femenino, reducir la pobreza y mejorar el bienestar social. Colombia no puede seguir viendo el cuidado como un tema marginal cuando es, en realidad, una de las principales columnas de su economía.
Colombia no puede aspirar a una economía justa mientras ignore el trabajo que la hace posible cada día. Cuidar también es trabajar. Y ya es hora de que el país actúe como si lo entendiera.
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