
Algo grave está pasando con la democracia en el Tolima y no tiene que ver únicamente con la desconfianza ciudadana o el desgaste de la política tradicional. El verdadero problema hoy es la ausencia total de ambiente electoral. No hay fervor, no hay debate, no hay calle. Las campañas están frías, apagadas, sin carácter. Los candidatos parecen caminar de puntillas, con discursos tibios, calculados, diseñados más para no incomodar que para convencer.
Da la sensación de que nadie quiere arriesgar. Las estructuras políticas —esas que antes se jactaban de músculo, de presencia territorial y de capacidad de movilización— hoy están quebradas o, peor aún, conformes. Se conforman con llegarle a los mismos de siempre, a los votos reciclados, a los electores cautivos. No hay intención real de enamorar nuevos simpatizantes, de atraer gente distinta, de ampliar la base democrática. Mientras mantengan esos tristes y repetidos votos, creen que el trabajo está hecho.
¿En qué momento perdimos la ambición política? ¿Cuándo dejamos de creer que era posible crecer, convencer, sumar?
Antes las campañas se sentían. Había corridas políticas, tinto casa a casa, reuniones en los barrios, en las esquinas, en las veredas. Los candidatos caminaban, sudaban, daban la cara. Se debatía, se discutía, se peleaba con ideas. La política era de viva voz, de mirada directa, de contacto humano. Hoy eso parece una postal vieja, casi un recuerdo romántico.
Ahora las campañas se limitan a publicar piezas en redes sociales, a medir likes, a repetir slogans vacíos. Creen —equivocadamente— que las redes lo hacen todo. No innovan en el fondo, no arriesgan en la forma. No quieren debatir, no quieren confrontar propuestas, no quieren mostrar perfiles reales. Prefieren el silencio cómodo al discurso incómodo. Prefieren no decir nada antes que decir algo que genere discusión.
Y ahí es donde la democracia pierde. Porque sin debate no hay decisión informada. Sin propuestas claras no hay elección consciente. Sin campañas en la calle no hay conexión con la realidad de la gente.
Lo que está pasando no es menor: estamos normalizando campañas sin alma, sin territorio y sin ciudadanía. Estamos aceptando una política perezosa, temerosa, desconectada. Y cuando la política deja de hablarle a la gente, la gente deja de escucharla.
El Tolima no necesita campañas perfectas, necesita campañas vivas. Necesita candidatos que vuelvan a la calle, que se equivoquen, que debatan, que incomoden, que propongan. Porque una democracia sin voz, sin calle y sin pasión no es democracia: es solo un trámite electoral vacío.
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