
En Colombia hablar de violencia de género se volvió una obligación. Y sí, hay que decirlo con claridad: los feminicidios siguen siendo una tragedia nacional. Según cifras del Observatorio Colombiano de Feminicidios, durante 2025 se reportaron más de 600 feminicidios en el país. Solo entre enero y abril ya se habían registrado más de 120 casos.
Eso duele. Indigna. Y jamás puede normalizarse.
Pero también creo que hay una conversación incómoda que pocos se atreven a tener públicamente: los hombres también son víctimas de maltrato, manipulación psicológica, acoso emocional y destrucción personal. Y decirlo no me convierte en machista. Me convierte en una mujer capaz de reconocer una realidad completa, no una realidad acomodada a ideologías.
Antes de continuar, quiero dejar algo claro: no me considero feminista radical, pero tampoco machista. Admiro profundamente a las mujeres trabajadoras, las mujeres valientes, las que se hacen respetar, las que luchan por sus hijos, por salir adelante y por construir una vida digna. Esas mujeres sí me representan.
Pero no me representan las que creen que empoderarse es destruir, vandalizar, odiar o vivir permanentemente desde el resentimiento.
Y tampoco me representan las mujeres que usan la ley, los hijos, las denuncias o la victimización como herramientas para acabar con un hombre.
Porque sí pasa.
Y muchas veces la sociedad prefiere fingir que no existe.
Conozco casos de mujeres exitosas profesionalmente, madres ejemplares ante la sociedad, pero emocionalmente destructivas con sus parejas. Mujeres obsesivas, manipuladoras, agresivas, que amenazan, persiguen, hacen escándalos, destruyen reputaciones, utilizan a los hijos como armas y llevan a un hombre al límite mental.
Y no, eso tampoco es amor.
Eso también es violencia.
El problema es que culturalmente al hombre le enseñaron a callar. A aguantar. A no denunciar porque “qué pena”, porque “cómo así que una mujer lo maltrata”, porque automáticamente será objeto de burla.
Muchos hombres viven violencia psicológica en silencio porque sienten que nadie les va a creer.
Y hay otro tema aún más delicado: hoy basta muchas veces una acusación pública para destruirle la vida a alguien. La condena social llega primero que las pruebas. Y aunque aclaren después, aunque la verdad salga tiempo después, la reputación ya quedó destruida.
Eso tampoco puede normalizarse.
Decir esto NO significa desconocer el sufrimiento de miles de mujeres víctimas reales de violencia. Porque existen. Porque las cifras son aterradoras. Porque muchas viven verdaderos infiernos.
Pero reconocer eso no debería impedirnos aceptar que también existen mujeres manipuladoras, violentas y emocionalmente peligrosas.
Y aquí viene otra verdad incómoda: hay señales que muchas personas deciden ignorar.
Si una relación se volvió persecución, humillación, amenazas, dependencia enfermiza, infidelidades constantes y obsesión… ahí no es. Ni para hombres ni para mujeres.
A veces el amor propio también consiste en irse.
Porque nadie salva a quien no quiere salir de un círculo destructivo.
Hoy vivimos en una sociedad emocionalmente rota. Hombres y mujeres están llegando a niveles altísimos de ansiedad, toxicidad y agresividad emocional. Y mientras seguimos dividiendo todo entre “machistas” y “feministas”, estamos dejando de hablar de salud mental, dignidad, autoestima y responsabilidad afectiva.
Yo no creo en la guerra entre hombres y mujeres.
Creo en las personas decentes.
Creo en las mujeres que se respetan y respetan.
Creo en los hombres que cuidan y valoran.
Y creo que ninguna lucha social debería servir como excusa para destruir la vida de otro ser humano.
Y para las feministas que seguramente se van a enfadar conmigo por esta columna: tranquilas. Defender a las mujeres no debería implicar negar las verdades incómodas.




