
Imagínate esta escena: el candidato sube a tarima, pausa dramáticamente, y cuenta su historia. La pobreza superada, la violencia sobrevivida, el sacrificio familiar que lo trajo hasta aquí. El público aplaude. Las redes amplifican. Los analistas califican la autenticidad del momento. Y al día siguiente, nadie recuerda qué propuso exactamente sobre el sistema de salud, como este iba a combatir la inseguridad, los apagones de tu empresa prestadora de energía o la falta de agua en tu pueblo natal.
Esto no es un accidente de la política moderna. Es su método.
Los griegos entendían que la tragedia cumplía una función cívica precisa: mostrarle a la ciudad su propio rostro sin maquillaje. Cuando Sófocles ponía a Edipo en escena, no estaba ofreciendo entretenimiento ni inspiración. Estaba obligando a Atenas a mirarse en un espejo que mostraba la arrogancia del poder, la fragilidad del conocimiento y la violencia silenciosa de las instituciones sobre los individuos. La catarsis aristotélica no era alivio emocional, era claridad incómoda. Salías del teatro sabiendo algo que preferirías no saber.
Colombia, en cambio, ha construido una cultura política donde el objetivo es exactamente el contrario: salir de la reunión sin saber nada nuevo pero sintiendo mucho, casi que llorando. El sufrimiento real de millones de personas, que debería funcionar como ese espejo griego, como la evidencia inapelable de que algo estructural está profundamente mal, se procesa en cambio como narrativa de campaña, como combustible emocional para el ciclo electoral. El desplazado que declara ante una cámara, la madre que perdió a su hijo en una masacre, el campesino que sobrevivió décadas de abandono estatal: todos son convocados al escenario político, todos reciben su aplauso, y las condiciones que produjeron su historia permanecen intactas porque nadie en el show tiene incentivo para desarmarlas. Un problema resuelto no convoca votantes. Pero genera likes. Hay en esto una crueldad específica que merece nombrarse: se usa el dolor auténtico para producir identificación emocional, (a mí también se me va la luz en medio de la noche, yo también perdi a un ser querido en la guerra) y esa identificación emocional reemplaza el análisis que podría conducir a transformaciones reales. Es el mecanismo inverso al de la tragedia. Edipo sufriendo nos hacía pensar. El candidato sufriendo nos hace sentir acompañados, y el sentido de compañía es suficientemente satisfactorio para no exigir más.
La televisión y las redes sociales han perfeccionado este mecanismo hasta hacerlo casi imperceptible. El debate político colombiano funciona hoy con la lógica del reality: hay personajes con arcos narrativos, hay momentos de quiebre emocional diseñados para la viralización, hay un público que vota, y hay producción, visible o invisible, que decide qué historias se cuentan y cuáles se editan. El voto, en este marco, se parece inquietantemente al like: un gesto de aprobación emocional inmediata que no compromete nada, no exige nada y se olvida con la misma velocidad con que llegó. Lo que se pierde es la dimensión colectiva del sufrimiento. La tragedia griega era un acto comunitario: la ciudad entera reunida para ver una historia que era de todos, porque el destino de Edipo era el destino de Tebas, no solo el de un hombre desafortunado. La política del espectáculo hace exactamente lo contrario: atomiza el sufrimiento en historias individuales de mérito y superación, de manera que cada quien procesa su dolor como un asunto personal y nadie pregunta por el sistema que distribuye ese dolor de manera tan desigual y tan predecible. Zizek lo decía en repetir Lenin, empezamos a crear narrativas a partir de experiencias particulares únicas, que están repletas de ideologías, de emociones. Pero desprovistas de acción,
Colombia tiene pendiente una conversación que sus élites políticas, de todos los signos, han sabido postergar con notable habilidad: la conversación sobre las estructuras, no sobre los individuos. Sobre por qué el talento y el esfuerzo tienen resultados tan distintos dependiendo del departamento donde uno nace. Sobre por qué ciertas comunidades llevan décadas siendo víctimas de las mismas violencias con distintos victimarios. Sobre por qué las reformas que podrían cambiar estas realidades encuentran siempre el mismo muro, independientemente de quién esté en el poder. Esa conversación no cabe en un formato de tres minutos. No produce clips virales. No tiene música emotiva de fondo ni jurado que la aplauda. Es lenta, técnica, incómoda y no garantiza ovación al final. Es, en el sentido más clásico del término, trágica.
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