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La pobreza dentro de la abundancia 

¿No sienten que cada vez vivimos más pendientes de parecer que de ser? ¿No tienen la impresión de que hoy admiramos más a quien exhibe riqueza que a quien vive con rectitud? ¿No les parece extraño que, en una época donde tantos muestran éxito, también haya tanta ansiedad, tanta frustración y tanta sensación de vacío?

De pronto no sea una simple impresión. Basta mirar a nuestro alrededor para notar que vivimos en una época donde la apariencia ha adquirido un valor desproporcionado. En las redes sociales, en la vida pública e incluso en las conversaciones más cotidianas, hemos aprendido a admirar al que muestra éxito, al que exhibe abundancia y al que proyecta una vida aparentemente perfecta. Poco a poco fuimos confundiendo el brillo con el valor, y el dinero con la felicidad. Sin darnos cuenta, empezamos a juzgar a las personas menos por lo que son y más por lo que logran mostrar.

Pero el alma humana no se calma con una foto bonita ni con una cuenta bancaria más grande. Por eso la obsesión por tener y mostrar termina dejando un vacío extraño y vicioso en el que se posee más, pero se vive menos; se aparenta mejor, pero se descansa peor. La reciente encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV nos trata de recordar precisamente que la dignidad de la persona no depende de las riquezas ni del rol que desempeña, sino que es algo que la precede y la supera. Además, enlaza esa dignidad con el bien común y con una educación verdaderamente integral.

El error no está realmente querer vivir bien, sino creer que vivir bien es solo ganar más. El cristianismo durante siglos siempre ha sido más sabio que eso. Nunca dijo que el trabajo, el esfuerzo o el progreso material fueran malos. Lo que dijo, con una claridad que hoy necesitamos recuperar, es que ninguna riqueza puede ocupar el lugar de Dios, ni reemplazar la paz de la conciencia, ni sustituir una vida recta, ni llenar el corazón de una persona. Por eso sigue siendo tan actual aquella enseñanza de Jesús que decia “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”.

Quizás una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo es que hemos aprendido a formar personas exitosas, pero no necesariamente personas buenas. Hablamos constantemente de cómo ganar más, producir más y destacar más, pero cada vez menos de cómo vivir con rectitud, cómo construir una familia sólida o cómo servir a los demás. Terminamos midiendo el éxito por aquello que puede exhibirse o materializarse, cuando las cosas más valiosas de la vida suelen permanecer lejos de los reflectores: la fe, la integridad, la paz interior y la tranquilidad de acostarse cada noche sin deberle nada a la conciencia.

Quizás por eso tanta gente, aun teniendo tanto, siente que le falta algo. Porque el corazón humano no fue hecho para rendirle culto a la apariencia, sino para encontrar sentido. Y ese sentido no está en la ostentación, ni en la constante comparación, Está en Dios, en la rectitud de vida, en la educación recibida y compartida, en la armonía con la comunidad y en esa forma sencilla de existir que no necesita exhibirse para valer.

Por eso una antigua enseñanza sigue conservando toda su vigencia:

«Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.» Mateo 6:21

 

 

La opinión del columnista obedece exclusivamente a su criterio y al del sector que representa, y no compromete ni refleja la postura ni la línea editorial del medio de comunicación Ángeles TV.

 

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