
Llegó el día. Millones de colombianos tienen en sus manos la responsabilidad de elegir el rumbo del país para los próximos cuatro años. No sabemos si esta elección se definirá en primera vuelta o si será necesario volver a las urnas semanas después. Lo que sí sabemos es que hoy más que nunca debemos ejercer nuestro derecho al voto.
Sin embargo, esta campaña presidencial deja una reflexión preocupante: ¿qué pasó con los debates? ¿Dónde quedaron las confrontaciones de ideas, los argumentos, las propuestas y la discusión seria sobre el futuro de Colombia?
Vivimos una época marcada por las redes sociales, los algoritmos, los influencers y las transmisiones en vivo. La política no fue ajena a esa transformación. Las campañas se adaptaron a los nuevos tiempos y encontraron en las plataformas digitales una poderosa herramienta para llegar a los ciudadanos. El problema es que, en muchos casos, el contenido terminó siendo reemplazado por la forma.
La democracia comenzó a parecerse más a una estrategia de marketing que a un ejercicio de deliberación pública. Los candidatos dedicaron más tiempo a construir una imagen que a defender una idea. Hubo más transmisiones con creadores de contenido que debates con periodistas. Más espectáculo que profundidad. Más emoción que argumentación.
Y es una lástima. Porque los debates siguen siendo el mejor escenario para que los ciudadanos conozcan realmente a quienes aspiran a gobernarlos. Allí aparecen las diferencias ideológicas, las contradicciones, las fortalezas y las debilidades. En medio de las preguntas difíciles y de las respuestas improvisadas es donde muchas veces se conocen las convicciones más auténticas de un candidato.
Pero este año, por miedo, por cálculo político o por simple estrategia electoral, varios aspirantes evitaron esos escenarios. Le negaron a los ciudadanos la posibilidad de contrastar propuestas en igualdad de condiciones. Al final, terminamos escogiendo entre marcas políticas más que entre proyectos de país.
Aunque sería injusto responsabilizar únicamente a los candidatos. Las campañas responden, en buena medida, a lo que consume la sociedad. Y hoy parece que la inmediatez tiene más éxito que la reflexión. Un video de treinta segundos genera más impacto que una hora de debate. Una frase incendiaria obtiene más reproducciones que una propuesta bien sustentada.
La consecuencia es evidente: campañas cada vez más agresivas, más emocionales y más superficiales. Abundan los mensajes de odio, la descalificación y la polarización. Escasean las ideas, los argumentos y las soluciones. Se acabó gran parte de la política de plaza pública, del recorrido por las calles y del contacto directo con los ciudadanos. Ahora predominan los shows, las tarimas, las luces, las pantallas gigantes y las promesas cuidadosamente diseñadas para viralizarse.
Cada cuatro años parece más difícil encontrar buenos políticos y más fácil encontrar buenos vendedores.
Pero, a pesar de todo, hoy sigue siendo un día fundamental para la democracia. Por eso, más allá de las simpatías, de la rabia o de las pasiones políticas, la invitación es a votar con responsabilidad. A pensar en el país que queremos construir y en las manos presidenciales y vicepresidenciales en las que vamos a depositar nuestro futuro.
Vote. Infórmese. Reflexione. Decida con criterio.
Porque después de que se cuenten los votos, ya no habrá campañas, ni influencers, ni espectáculos. Solo quedarán las decisiones que tomamos como nación.
Y entonces, no valdrá la pena quejarse de lo que pudo haberse evitado en las urnas.
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