
En muchos rincones del país, el término “títere” se ha naturalizado para describir a aquellos funcionarios elegidos por voto popular que, lejos de ejercer con autonomía el cargo que les fue conferido, terminan subordinados a la voluntad de terceros. En lugar de liderar con carácter, se limitan a ostentar el título de alcalde, concejal o diputado, mientras que las decisiones fundamentales las toma otra persona: el exalcalde, un congresista, un familiar o el denominado «jefe político».
Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, se ha convertido en una de las principales causas del estancamiento institucional y del atraso en los municipios. Es común escuchar entre los ciudadanos frases como: “Aquí no manda el alcalde, manda el que lo ayudó a llegar”. Estas afirmaciones reflejan una dura realidad: en muchos gobiernos locales, el poder real no está en quien fue elegido, sino en quien movió las fichas para que ganara.
Este problema de fondo ha venido funcionando como un virus silencioso que debilita la democracia territorial. Los alcaldes de turno, en lugar de gobernar con libertad, deben pedir permiso para actuar, responder a intereses externos y continuar con las lógicas de persecución y clientelismo heredadas de sus mentores. Y lo más preocupante: en muchas ocasiones no pueden contratar con transparencia, pues los acuerdos políticos ya han definido qué empresa debe ejecutar cada contrato. El mandatario queda reducido a un simple firmante, sin voz ni margen de decisión.
En departamentos como el Tolima, abundan los ejemplos de alcaldías manejadas desde las sombras. El cargo se ejerce desde otra oficina, y el verdadero titular solo se limita a cumplir órdenes. Más grave aún, muchos de esos jefes políticos no gestionan, no promueven el desarrollo ni acercan recursos desde el nivel nacional. Su único aporte ha sido profundizar la pobreza, el abandono institucional y la pérdida de confianza ciudadana.
Esta situación debe llamar a la reflexión. ¿Cómo es posible que una persona elegida por voluntad popular acepte ceder su poder a quien no recibió un solo voto? Más allá de la obediencia política, el mandatario debe tener claro que sobre él recaen las responsabilidades legales, éticas y sociales de su gestión. No puede permitir que un tercero condicione sus decisiones ni obstaculice el progreso del municipio.
Como mensaje final, invito a quienes hoy ostentan un cargo público a ejercerlo con carácter y responsabilidad. Gobernar es un compromiso con la comunidad, no con padrinos políticos. Tengan la capacidad de dialogar con quienes los apoyaron, pero también el coraje de hacerles entender que el que se está jugando el pellejo es el funcionario electo. Que lo dejen gobernar o, mejor aún, que lo ayuden a gobernar, pero con gestión efectiva, resultados visibles y compromiso con el bienestar de toda la población.
Gobernar no es obedecer, es liderar. Y solo lidera quien actúa con autonomía y visión de futuro.




