
Colombia, un país con cicatrices profundas, enfrenta nuevamente el dilema eterno entre la guerra y la paz. La promesa de la «Paz Total», presentada con esperanza y determinación por el gobierno del presidente Gustavo Petro, se tambalea bajo el peso de una realidad que no da tregua: la intensificación del conflicto armado. El reciente recrudecimiento de la violencia por parte del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y la incertidumbre en las regiones más vulnerables plantean preguntas difíciles. ¿Estamos destinados a un ciclo interminable de guerra? ¿Podemos, como sociedad, superar nuestras divisiones y abrazar un futuro en paz?
La cruda realidad del conflicto
En el Catatumbo, las balas han sustituido al diálogo y el miedo ha reemplazado la esperanza. Cientos de familias han sido desplazadas, sus tierras abandonadas y sus vidas destrozadas por una violencia que parece no tener fin. Este panorama no solo afecta a las comunidades directamente involucradas, sino que también desestabiliza los esfuerzos nacionales e internacionales para construir un país en el que la paz no sea una utopía.
El ELN, al intensificar sus acciones armadas, no solo pone en jaque las negociaciones con el Gobierno, sino que también perpetúa un ciclo de retaliaciones que históricamente ha dejado a los civiles atrapados en medio de las confrontaciones. Pero la responsabilidad no recae únicamente sobre ellos: el Estado, en su intento por consolidar la paz, debe demostrar mayor capacidad para garantizar la seguridad de su población y la implementación efectiva de acuerdos que brinden garantías reales a los actores en el conflicto.
¿Fracaso de la Paz Total?
Muchos críticos afirman que el proyecto de la Paz Total es un sueño fallido, un idealismo que no tiene cabida en la complejidad del conflicto colombiano. Pero rendirse ante esta idea sería aceptar que la guerra es nuestra única opción, y eso no puede ni debe ser una solución. Más bien, lo que este momento crítico nos enseña es que el camino hacia la paz exige más que buenas intenciones: requiere estrategia, compromiso y, sobre todo, voluntad genuina de todas las partes.
La Paz Total no fracasará si el Gobierno y los grupos armados entienden que, al final del día, es la población civil la que paga el precio más alto por la guerra. Fracasará si seguimos construyendo discursos y no acciones, si permitimos que la polarización y los intereses individuales sigan definiendo nuestro destino.
Un llamado a la cordura
Como ciudadanos, líderes y seres humanos, no podemos quedarnos en el silencio cómplice de la indiferencia. Hago un llamado a todas las partes involucradas, al Gobierno, al ELN y a otros actores del conflicto, para que recuerden que la guerra no tiene vencedores. Solo deja un legado de muerte, pobreza y desesperanza.
Es momento de que el Gobierno redoble esfuerzos para establecer un diálogo que no se limite a promesas, sino que esté sustentado en acciones concretas que respondan a las necesidades de las comunidades más afectadas. Al ELN y demás grupos armados, les insto a que abandonen las armas y se sumen a un proceso que busque soluciones reales y sostenibles.
Pero también hago un llamado a la sociedad colombiana. A veces olvidamos el poder que tenemos como ciudadanos para exigir, para presionar y para construir un país diferente. La paz no es solo responsabilidad de los líderes; es un compromiso colectivo que empieza por rechazar cualquier forma de violencia y apoyar iniciativas que promuevan la reconciliación.
Colombia está en un punto de inflexión. Podemos seguir caminando hacia una guerra total que devore nuestras esperanzas, o podemos tomar el sendero más difícil, pero más noble, hacia una paz duradera. La historia nos ha demostrado que la guerra solo deja dolor. Por eso, no dejemos que el miedo o el odio definan nuestro futuro. Es tiempo de soñar juntos, de construir juntos, y de creer que, aunque difícil, la paz no es imposible.
La paz es una elección. Que hoy, como país, decidamos el camino correcto.
Por Miguel Hernando Moreno Arciniegas




