
Hay campañas políticas que hacen historia. No porque gusten o disgusten, sino porque cambian la manera de hacer política.La de Abelardo de la Espriella fue una de esas.
Se puede estar de acuerdo o no con sus ideas, pero sería mezquino desconocer que detrás de su victoria hubo una estrategia de comunicación diseñada con precisión. Desde el primer día entendieron que las elecciones del siglo XXI no se ganan únicamente en las plazas públicas, sino también en las pantallas de los celulares.
Marketing político, inteligencia artificial, narrativa digital, producción audiovisual, posicionamiento de marca, símbolos, emociones y disciplina. Nada parecía improvisado. Incluso un tigre terminó convirtiéndose en una identidad política; la camiseta de la Selección Colombia pasó de ser una prenda deportiva a un elemento de conexión emocional con millones de ciudadanos.
Los resultados hablan por sí solos. En la segunda vuelta presidencial obtuvo 12.959.542 votos, suficientes para llegar a la Casa de Nariño.
Pero ahí está el problema…
Ya comenzaron las campañas regionales y pareciera que algunos entendieron el mensaje… al revés.
Ahora todos quieren ser tigres.
Aparecieron candidatos hablando igual, caminando igual, posando igual, usando las mismas frases, la misma actitud y hasta intentando copiar el tono de voz. Ya he escuchado varios diciendo: «Estoy firme por mi ciudad». ¿En serio? Ni siquiera fueron capaces de inventarse un eslogan propio.
La política no funciona como las franquicias de comida rápida. Usted no compra un paquete de campaña y automáticamente le entregan los votos.
Lo que funcionó en una elección presidencial no necesariamente sirve para ganar una alcaldía, una gobernación o una curul en un concejo.
Porque aquí la realidad es otra…
En los pueblos la gente sabe quién es usted. Sabe dónde vive, conoce a su familia, recuerda cómo administró cuando tuvo la oportunidad y también sabe cuándo un candidato está actuando como si estuviera haciendo un casting para TikTok.
No subestimen al elector.
Creer que ponerse una camiseta, adoptar una pose o repetir una frase de moda convierte a alguien en líder político es una ofensa para la inteligencia de los ciudadanos.
En Ibagué ya desfilan más de treinta aspirantes a la Alcaldía. Algunos buscan protagonismo para luego negociar con el que puntee las encuestas. Otros simplemente quieren medir su caudal político. Y tampoco faltan quienes aceptan ser candidatos con una sola misión: quitarle votos a otro.
Eso también hace parte de la política.
Pero, por favor, no conviertan la campaña en un concurso de imitaciones.
No necesitamos candidatos disfrazados de personajes que no son.
No hace falta cambiar la voz, caminar con el pecho inflado, comprarse el mismo vestuario del asesor de turno o aprenderse tres frases virales para parecer presidenciables.
La autenticidad sigue siendo mucho más rentable que el teatro.
Porque lo que hizo Abelardo de la Espriella no fue un golpe de suerte. Fue el resultado de una estrategia construida durante meses, con estudios, inversión, disciplina y un equipo que entendió cómo conectar con la opinión pública.
- Eso no se copia.
- Se construye.
Y las campañas regionales tienen otra naturaleza. Aquí la gente vota por el vecino, por el dirigente, por el líder que conoce, por quien le genera confianza. Aquí la credibilidad pesa mucho más que el algoritmo.
Así que un consejo gratuito para los candidatos del Tolima.
No intenten ser la versión pirata de una campaña exitosa.
Las copias chinas casi siempre se dañan rápido.
Y los «therians» políticos, creyéndose tigres porque se pusieron una camiseta y aprendieron dos o tres frases de moda, terminan dando más risa que confianza.
El Tolima necesita líderes con personalidad propia, no imitadores profesionales.
Porque el país ya eligió a su tigre.
Ahora las regiones necesitan alcaldes y gobernadores… no un zoológico.
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