
Durante décadas nos hemos convencido de que el éxito de un sistema educativo se medía por la cantidad de colegios construidos, la cantidad de estudiantes matriculados o los títulos entregados. Claro que todo eso importa, por supuesto. Pero hoy la pregunta es ¿estamos formando a nuestros jóvenes para el país que viene o para un país que ya cambió?
Entramos recientemente en una época donde la inteligencia artificial redacta documentos, analiza información, programa, traduce idiomas y resuelve problemas que hace apenas unos años parecían exclusivos del ser humano. A pesar de ello, buena parte de nuestras aulas siguen premiando la memoria sobre el pensamiento critico, la repetición al pie de la letra por encima de la creatividad y la obediencia sobre la capacidad de cuestionar lo que nos rodea. Mientras el mundo acelera sus herramientas y dinámicas laborales, nosotros aun nos ceñimos a la enseñanza clásica.
Émile Durkheim definía la educación como «la acción ejercida por las generaciones adultas sobre las que todavía no están maduras para la vida social». Cada generación educa a la siguiente para el mundo que cree conocer. El problema radica cuando ese mundo cambia más rápido que la escuela. Entonces dejamos de preparar para el futuro y comenzamos, sin darnos cuenta, a prepararnos para un pasado que ya no se repetirá.
La discusión pública ha tendido a quedarse atrapada en la infraestructura, el transporte escolar o la cobertura. Claro que son asuntos esenciales, pero insuficientes. El verdadero debate debería enfocarse en preguntarnos qué capacidades necesitará un joven dentro de diez o quince años. Difícilmente competirán por quién memoriza más información. Competirán por quién sabe resolver problemas, trabajar en equipo, adaptarse a los cambios y adversidades, interpretar información y utilizar la tecnología con criterio y responsabilidad.
Adquiere esto un significado mucho mayor en regiones como nuestro departamento, el Tolima. Es natural que muchos jóvenes deban trasladarse a las grandes ciudades para acceder a programas de educación superior que aún no existen en sus municipios. El problema no es que se formen fuera de su territorio; el problema es que el país sigue educándolos para quedarse donde estudiaron y no para regresar a transformar las regiones de donde provienen. Durante años concebimos la educación como un camino de salida, cuando debería ser también una herramienta para el regreso y el arraigo. En pleno siglo XXI, con la educación virtual, la conectividad, el trabajo remoto y una economía cada vez más basada en el conocimiento, resulta contradictorio que continuemos concentrando las oportunidades en unos pocos centros urbanos.
Si realmente queremos educar para el mundo que viene, debemos empezar por reconocer que el talento no tiene por qué abandonar los municipios para desarrollarse. La educación debe ser vinculante con las vocaciones productivas de cada territorio, impulsar la innovación en el campo, fortalecer el turismo, modernizar la agroindustria, promover el emprendimiento local para que los jóvenes encuentren oportunidades donde nacieron. De lo contrario, seguiremos formando profesionales para resolver los problemas de las grandes ciudades, mientras las regiones continúan perdiendo, año tras año, el recurso más valioso que siempre han tenido, su propia gente.
Al final, la educación nunca ha sido solamente una política pública que deba actualizarse cada tantos años. Es, quizás, la decisión más trascendental que toma una sociedad sobre sí misma. En ella define qué ciudadanos quiere formar, qué regiones aspira a fortalecer y qué futuro está dispuesta a construir. Si seguimos entendiendo la educación como un simple mecanismo transaccional para obtener un título o abandonar el lugar donde nacimos, estaremos renunciando silenciosamente a buena parte de nuestro potencial colectivo. El verdadero reto consiste en hacer que el conocimiento no solo transforme la vida de quien aprende, sino también la realidad del territorio al que pertenece. Un país progresa cuando sus jóvenes encuentran oportunidades para crecer, pero se transforma de verdad cuando deciden poner ese crecimiento al servicio de su gente. Ese es el desafío que tenemos por delante y, quizá, la conversación que Colombia no puede seguir aplazando.
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