
Durante más de dos siglos de vida republicana, Colombia ha tenido decenas de presidentes, pero ninguno ha sido mujer. En un país donde las mujeres representan más de la mitad de la población, esa realidad ya no puede verse como algo normal. No se trata de una discusión simbólica ni de una moda política: se trata de reconocer que el liderazgo femenino ha demostrado, con hechos, que está preparado para gobernar.
Colombia ha avanzado en la participación de las mujeres en la política, pero aún persisten barreras culturales que se reflejan en comentarios, prejuicios y ataques que poco tienen que ver con las capacidades de quienes aspiran a dirigir el país. En pleno siglo XXI todavía se escuchan voces que dicen que Colombia “no está preparada” para tener una mujer presidenta, o que prefieren discutir su apariencia física, su peso o incluso su orientación sexual, antes que debatir sus propuestas. Ese tipo de discursos no solo son machistas, también empobrecen el debate democrático.
La política debería medirse por resultados, liderazgo y capacidad de gestión, no por el género.
Hoy el país tiene ejemplos cercanos que demuestran que las mujeres no solo están preparadas para gobernar, sino que lo hacen con carácter, disciplina y visión. En el Tolima, por ejemplo, la gobernadora Adriana Magali Matiz ha asumido el liderazgo del departamento con una agenda enfocada en seguridad, desarrollo regional y fortalecimiento institucional. Su trabajo es una muestra clara de que el liderazgo femenino puede conducir procesos complejos de gobierno.
Lo mismo ocurre en Ibagué con la alcaldesa Johanna Aranda, quien hoy dirige la capital del Tolima enfrentando los retos de una ciudad que exige gestión, orden y resultados. Su presencia en el gobierno local confirma que las mujeres no solo participan en la política, sino que están liderando procesos de transformación territorial.
Estos casos no son excepciones aisladas. Son parte de una realidad que se consolida en todo el país: cada vez más mujeres ocupan cargos de poder, toman decisiones y demuestran que la capacidad de gobernar no tiene género.
Por eso el debate de fondo no debería ser si Colombia está preparada para tener una mujer presidenta. La verdadera pregunta es si la política colombiana está preparada para superar sus prejuicios y permitir que el liderazgo se evalúe por ideas, programas y resultados.
La polarización política no puede convertirse en excusa para degradar el debate. Cuando la discusión se reduce a ataques personales, burlas sobre la apariencia o comentarios discriminatorios, lo que se pierde es la posibilidad de discutir los temas que realmente le importan al país: la seguridad, la generación de empleo, la salud, el crecimiento económico y el respaldo a los empresarios.
Colombia necesita gobernantes capaces de enfrentar esos retos, sin importar si son hombres o mujeres.
El país ha demostrado que las mujeres pueden liderar departamentos, ciudades, ministerios, empresas y organizaciones sociales con eficiencia y compromiso. La política nacional no debería ser la excepción. Tal vez ha llegado el momento de que Colombia rompa definitivamente con los viejos machismos que han marcado su historia política y abra la puerta a una nueva etapa.
Porque más que preguntarnos si una mujer puede gobernar Colombia, lo que deberíamos preguntarnos es por qué, después de tantos años, todavía no ha ocurrido.
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