
La juventud ha sido históricamente el símbolo de la renovación política, la chispa que enciende la esperanza de cambio en sociedades fatigadas por los abusos del poder. Espacios como los Consejos Municipales de Juventud nacieron precisamente con ese propósito, brindar a los jóvenes la posibilidad de participar activamente en la toma de decisiones, formarse como ciudadanos críticos y sembrar las bases de una democracia más participativa.
Sin embargo, en muchos casos como ha ocurrido en la ciudad de Ibagué. Estos espacios han evidenciado una triste paradoja; quienes debían encarnar la transformación han terminado reproduciendo las mismas prácticas que decían rechazar. Lo que debía ser una escuela de liderazgo ciudadano se convirtió, para algunos en un reflejo anticipado del ego político adulto, debilitando el sentido colectivo de la participación.
Pensadores como Jean-Jacques Rousseau, sostenían que la libertad y la igualdad solo son posibles si el ciudadano participa activamente en los asuntos públicos. Los Consejos de Juventud, en su concepción, son una herramienta educativa en ese sentido: buscan que los jóvenes comprendan que la democracia no se hereda, se construye.
Estos espacios deberían formar líderes con conciencia social,capaces de cuestionar la tradición política que privilegia el poder sobre el servicio. En ellos se gesta o debería gestarse, el primer contacto ético con la responsabilidad pública.
No obstante, la experiencia demuestra que el ego político no respeta edades. Muchos jóvenes consejeros han caído en las mismas dinámicas de protagonismo, competencia vacía y búsqueda de reconocimiento que caracterizan a los políticos tradicionales.
En Ibagué, varios jóvenes que están próximos a culminar su período en los Consejos de Juventud han mostrado una preocupante tendencia; debates centrados en la vanidad personal, discursos llenos de sesgos ideológicos, falta de diálogo constructivo y escasa gestión concreta en favor de la juventud.
El “ágora” que debería ser un espacio de deliberación y pensamiento colectivo se ha convertido en ocasiones, en un escenario de retórica sin sentido, donde la soberbia y el ego reemplazan la empatía y la visión de comunidad. Esta repetición no es casual. Es el reflejo de un sistema político que no ha sabido educar en la ética del servicio, sino en la cultura del espectáculo.
Pero el hecho de que algunos jóvenes repitan esos patrones no significa que el ideal esté perdido, ser joven en la política no debería ser un acto de imitación, sino de creación. Implica rescatar el valor de la palabra, el diálogo, la honestidad y la coherencia entre discurso y acción.
La juventud debe ser la voz que interrumpe la repetición de los viejos errores, no su eco. En Ibagué y en cualquier rincón del país, el reto está en recuperar el espíritu original del Consejo de Juventudes, ese espacio donde las ideas nacen del diálogo y no del ego, y donde el poder vuelve a significar servir, no dominar




