
Llegó junio, y con él, un aire de fiesta, de tamal humeante, de lechona crocante, de aguardiente que recorre gargantas mientras retumban tamboras y rajaleñas que despiertan la nostalgia y la esperanza. En el Tolima se vive, se respira y se hereda la tradición. No son días cualquiera: es el mes en el que reafirmamos, una vez más, lo que somos y de dónde venimos.
Celebrar nuestras fiestas regionales no es un acto banal, ni una excusa para el exceso. Es, ante todo, un tributo a nuestros campesinos que, con manos curtidas y jornadas eternas, cultivan la tierra para que tengamos insumos, sabores, flores, historias. Son ellos la semilla viva de este territorio y su trabajo merece hoy y siempre un homenaje sincero.
Vestir un sombrero tolimense, lucir un traje típico, ponerse una falda o un pantalón bordado no es disfrazarse: es honrar con orgullo nuestra herencia. Cada puntada, cada bordado, cada peineta evoca la memoria de quienes hace décadas tejieron estas celebraciones para que hoy sean Patrimonio Cultural de la Nación: nuestro Festival Folclórico Colombiano.
Quienes estamos detrás de un micrófono, una cámara o una libreta de apuntes sabemos bien lo que implica llevar la fiesta a cada rincón: horas de grabación bajo el sol, producción incansable, trasnochadas editando, calles cerradas, cables que se cruzan con bailarines. Y sí: muchas veces sin pauta, sin patrocinio, sin favores. Pero con amor, con la certeza de que somos los ojos y los oídos de quienes, por distancia o trabajo, no pueden pararse en la Avenida Quinta a ver pasar comparsas, mitos y leyendas.
Llevamos 29 años transmitiendo este legado cultural, y cada año nos enfrentamos a nuevos desafíos, nuevas exigencias y protocolos más rigurosos. Y está bien que así sea: evolucionar es parte de nuestro compromiso. Pero, ante todo, estamos para mostrar lo mejor de nuestro Festival, para preservar en imágenes y palabras la esencia de lo que somos. Para lograrlo, necesitamos, sin excepción, el apoyo de todos: autoridades, organizadores, artistas y ciudadanía. Que en el terreno se respete nuestro trabajo, que se facilite la movilidad y la logística, que se valore la labor de quienes contamos la historia. Porque registrar cada sonrisa, cada paso de baile y cada nota de rajaleña no es tarea de unos pocos: es responsabilidad compartida. Solo así aseguramos que cada año, San Juan y San Pedro lleguen intactos a cada pantalla y a cada corazón.
El rol de los medios de comunicación es vital: somos testigos y guardianes de lo que se debe preservar. Y cada minuto de transmisión es inversión, es compromiso, es responsabilidad para que, año tras año, Colombia y el mundo sigan reconociendo al Tolima como epicentro de folclor y tradición.
A quienes usan estas fiestas para protagonizar pasarelas políticas: respeto. Este no es un escenario para promesas de tarima ni para discursos de ocasión. Es un espacio de la comunidad, para la comunidad, para celebrar lo que nos une y no para dividirnos con campañas camufladas entre aplausos.
A todos los tolimenses: celebremos con alegría, con respeto, con responsabilidad. Falta mucho por mejorar, claro que sí: infraestructura, organización, seguridad… pero estas fiestas nos recuerdan que hay razones de sobra para sentirnos orgullosos. Abramos las puertas al turista, contagiémoslo de nuestra calidez, mostremos la mejor cara de Ibagué y el Tolima.
Hoy más que nunca, sintámonos orgullosos de lo que somos y de lo que podemos ser. Que suenen las tamboras, que flameen los trajes, que los micrófonos se enciendan y que nuestros campesinos, artesanos y artistas sientan que todo este trabajo vale la pena.
¡Felices fiestas de San Juan y San Pedro, Tolima querido!
Aquí estamos, y aquí seguiremos: informando, contando y celebrando.




