
En Colombia el debate político parece haberse extraviado. En un país con enormes problemas sociales, económicos y de seguridad, la discusión pública cada vez se concentra menos en las soluciones y más en asuntos superficiales que poco o nada tienen que ver con gobernar.
Hoy vemos cómo el debate se desvía hacia la identidad de género, la apariencia física o los gestos de un candidato. Si es gordo o flaco, si se maquilla o anda en tenis, si habla fuerte o suave, si ruge como un tigre o vuela como una paloma. Todo eso se vuelve tendencia, genera titulares y alimenta la polarización. Pero mientras tanto, las verdaderas preocupaciones del país quedan relegadas.
Y es ahí donde vale la pena decirlo con claridad: una cosa es ser “marica” y otra muy distinta es hacer “maricadas”.
La orientación sexual de una persona no define su capacidad para gobernar. Tampoco debería ser motivo de ataque ni de burla en el debate político. En una democracia madura, lo que debería importar es la trayectoria, la preparación, la capacidad de liderazgo y, sobre todo, el compromiso con el país.
Lo que sí resulta preocupante es cuando el debate político se llena de distracciones, de polémicas vacías y de discusiones que nada tienen que ver con las soluciones que Colombia necesita con urgencia.
Porque mientras las redes sociales discuten sobre la vida personal de los candidatos, el país enfrenta problemas estructurales que no pueden seguir esperando.
El sistema de salud atraviesa una crisis evidente, con EPS desfinanciadas y hospitales que luchan por sobrevivir. El sistema pensional sigue siendo una preocupación para millones de colombianos que no saben si algún día tendrán una vejez digna. Los empresarios enfrentan un panorama económico complejo que ha llevado a muchos a cerrar sus negocios, afectando el empleo y la estabilidad de miles de familias.
A eso se suman los problemas de seguridad, la informalidad laboral, el costo de vida y la incertidumbre económica que golpea a los hogares colombianos.
Sin embargo, en lugar de concentrarnos en discutir cómo resolver estos temas, seguimos atrapados en debates estériles que solo alimentan la polarización.
El país necesita volver a lo esencial: discutir propuestas, escuchar ideas y evaluar la capacidad real de quienes aspiran a dirigir el rumbo de la nación.
No debería importar si un candidato es de una u otra orientación sexual. Tampoco si se viste de una u otra manera. Lo que realmente importa es que tenga una hoja de vida al servicio de la comunidad, que ame al país, que tenga la capacidad de trabajar por los ciudadanos y que proponga soluciones reales para los problemas que enfrentamos.
Colombia no necesita más espectáculos políticos. Necesita liderazgo, seriedad y propuestas.
Porque mientras seguimos entretenidos en discusiones superficiales, los problemas de fondo siguen creciendo. Y el país, ese que todos dicen defender, sigue esperando respuestas.
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