
El poder de una nación no solo necesita de un ejercito para imponerse, el poder desde siglos se ha disfrazado de cultura, entretenimiento y hoy con mayor fuerza de likes. El Soft Power como lo definió Joseph Nye, “es la capacidad de influir sin recurrir a la fuerza, usando los valores, los símbolos y los medios para moldear percepciones” y aunque parezca sutil, es una herramienta de dominación tan efectiva como cualquier guerra.
Durante décadas de los 90´. Hollywood fue el laboratorio perfecto de ese poder blando. Las películas bélicas no solo contaban historias sino que además definían quiénes eran los “buenos” y quiénes eran los “enemigos de la democracia”. Esta practica para Estados Unidos no solo exportaba cultura, exportaba su visión del mundo y muchos la hemos consumido sin cuestionar.
Hoy, esa narrativa se trasladó al universo digital mucho más amplio. Los algoritmos reemplazaron los estudios de cine y las redes sociales se convirtieron en el nuevo campo de batalla simbólico. La influencia de algo o alguien se medieen reproducciones y tendencias y cada clic, cada historia compartida, tiene una carga política, aunque no siempre lo notemos.
Hace poco, YouTube eliminó cientos de canales y videos donde se denunciaban las atrocidades cometidas por Israel contra el pueblo palestino. No contra Hamás (grupo terrorista) sino contra la población civil de Gaza. ¿Casualidad? En política las coincidencias son escasas. Cuando una plataforma global decide qué puede o no circular, está ejerciendo poder. No con armas, sino con algoritmos.
Otro ejemplo y este más cercano de los colombianos, hace un par de semanas varios influencers colombianos viajaron a Israel invitados por la embajada de aquel país. La mayoría de ellos publicaron conmovidos sobre el Holocausto —una tragedia universal— pero guardaron silencio sobre la catástrofe actual en Palestina. No se trata de negar una historia por otra, sino de entender cómo la diplomacia cultural utiliza rostros jóvenes y carismáticos para legitimar discursos políticos.
El problema no está solo en ellos, sino en nosotros. En la facilidad con la que consumimos contenido sin cuestionar quién lo financia, quién gana con su difusión o qué intereses están detrás. El Soft Power no opera solo desde los gobiernos; también se alimenta de nuestra ingenuidad.
Como politóloga, no pretendo dar lecciones de moralidad ni fingir neutralidad. Mi apuesta es recuperar el sentido crítico frente a la cultura del espectáculo político. Entender que todo lo que se muestra tiene una intención, que el poder se reinventa constantemente y que nuestra pasividad es su mejor aliada. Porque nada en la cultura es inocente y entenderlo no nos hace cínicos, nos hace responsables.




