
Dicen que tocamos el celular unas 2.000 veces al día. Que lo hacemos buscando un mensaje, una noticia, un meme o un video que podamos compartir en ese universo digital donde todo se ve, se dice y se juzga. En ese contexto, los medios institucionales no tienen opción: deben informar, innovar y responder a la presión de mostrar resultados para los políticos que los contratan.
Confieso que esta columna me ha costado. No es fácil desnudarse desde la profesión, ni señalar lo que todos comentan en voz baja. ¿En qué momento olvidamos que comunicar políticamente no es hacer propaganda? ¿Cuándo permitimos que los gobernantes convirtieran nuestra labor en una extensión de su poder? ¿En qué instante pasamos de ser periodistas a ser parte del show, persiguiendo políticos para tomarles fotos, escribirles discursos, subirles videos y, a veces, hasta ridiculizar a sus adversarios con memes?
Sí, hay mucho más. Y duele decirlo.
Yo creo que, más allá del cargo o el contrato, cada espacio en una oficina pública debería ser una oportunidad para dignificar la profesión. Para ayudar al colega, no para hundirlo. Para abrir puertas, no para cerrarlas. Pero la realidad muchas veces es otra.
Vivimos en la era de la hiperinformación, donde los datos abundan y la verdad escasea. La información es alimento, pero también puede ser veneno. Y lo sabemos: entre nosotros hay quienes la usan para hacer daño. Escuché una vez a un colega pedir que se hiciera un meme para ridiculizar a un político de otro partido. Pensé: ¿cómo llegamos a esto? ¿En qué momento dejamos de pensar en comunicar con inteligencia y empezamos a competir por quién destruye mejor al otro?
La verdad es que, hagamos lo que hagamos, siempre está mal. Si publicamos mucho, “nos vendimos”; si no publicamos, “no hacemos nada”. Si sonreímos, somos bufones; si somos serios, somos aburridos. Nadie se ha detenido a pensar lo difícil que es manejar las comunicaciones en este país. Estrés, ansiedad, jornadas de 24/7 pegados al celular. Somos fotógrafos, diseñadores, community managers, redactores, maestros de ceremonia, logísticos y mucho más. Y si algo sale mal, la culpa también es nuestra.
Joseph Conrad, en Nostromo, escribió que “la verdad real no existe en la política ni en el periodismo”. Una frase que golpea. Pero que también nos obliga a resistir. A recuperar el valor del periodismo honesto, de ese que no es neutral ante la injusticia, el odio, la corrupción o la guerra. Porque si vamos a ejercer esta profesión, tiene que ser con ética, con dignidad, con coraje.
No podemos ser títeres de campañas, ni influenciadores de bajo costo buscando likes. No somos traficantes de noticias ni mendigos del poder. Somos periodistas. Y aunque algunos se vendan barato o sobrevivan de lo que caiga, otros seguimos creyendo que la información es un arma poderosa, como decía Gabo. Un arma que puede transformar, que puede abrir los ojos, que puede construir país.
Sí, a veces somos mercenarios. Pero no por gusto. A veces por necesidad, por supervivencia. La vida no es fácil. Pero que nunca se nos olvide por qué decidimos comunicar. Porque informar no es solo escribir: es servir, es resistir y, sobre todo, es no traicionar la verdad.
Por: Viviana Rodríguez Rodríguez




