
Esta columna no la escribo desde una visión profesional o jurídica explicando las consecuencias legales del lavado de activos, la estafa o la propia extorsión que los famosos “brujos” hacen en el Tolima; la escribo como joven que ha visto cómo la superficialidad y el dinero fácil se han tirado la vida y los sueños de muchos que, con mi misma edad, han creído que el camino fácil es seguir una cultura distorsionada e incorrecta de lo que es la vida.
La brujería en el Tolima, y principalmente en las dos ciudades más grandes del departamento, se ha vuelto uno de los principales conciertos para delinquir, hasta el punto de transformarse poco a poco en una conversación que, aunque inusual, es muy común en los cafés y las redes sociales. A tal punto que, aunque reconocemos que existe un actuar delictivo, pareciera ser socialmente aceptado.
¿Qué es la brujería? En palabras sencillas de un amigo que hace años me explicó, viene siendo: “una estructura criminal que ofrece supuestos servicios esotéricos y rituales para atraer amor, abundancia o simplemente maleficios, captando víctimas mediante engaños. Además, canaliza recursos ilícitos a través de cobros por trámites migratorios que jamás se cumplían, simulando gestiones ante entidades nacionales e internacionales”.
El economista e historiador estadounidense Douglass North, en una de sus obras, introdujo el concepto de instituciones, entendiéndolas como un conjunto de normas y principios que rigen no solo el comportamiento humano, sino que definen las reglas que las personas acatan. Él define que las mismas pueden ser formales, como las leyes o los decretos, e informales, que, pese a no estar escritas, son aceptadas y acatadas por un sentido cultural, como lo puede ser ir de negro a un velorio o el reproche social frente a un acto machista.
Sin embargo, pareciera que se estuviera implantando una institución informal en la ciudad de Ibagué: que socialmente aceptáramos convivir con personas que estafan, extorsionan o simplemente son cómplices de una red delincuencial que ha permeado los estándares éticos. Pero esto no llega solo a la discusión netamente social; hoy, en las grandes esferas del poder político, se escucha que hay campañas financiadas con plata proveniente de los famosos “brujos”.
Esta situación no solo desdibuja el valor del trabajo honrado y honesto, sino que reafirma un sabio adagio que nos decían nuestros abuelos: “no hay camino fácil para el éxito”. Estas prácticas, aparte de peligrosas, le hacen creer a la juventud que está bien andar con millones en la billetera a costa de estafar a personas incautas; que lo mejor del mundo es estar viernes, sábado y domingo comprando la botella más cara a costa de una extorsión disfrazada de “esoterismo moderado”.
Por eso, esta columna va dedicada a aquellos jóvenes incautos que, tal vez por muchas razones, evalúan como opción esa vida. Se los digo desde lo más profundo de mi corazón: la plata fácil no existe; lo que consiga “brujeando”, tan rápido como llega, así de rápido se va. Esa moto o ese carro que usted compre producto de eso, a los meses se le daña; ese diseño de sonrisa que sale producto de esa estafa, a los meses le tocará volver al odontólogo; esas fiestas y el trago que le da esa vida superficial solo serán un espejismo que durará muy poco frente a la zozobra y el daño que usted le está haciendo a la gente.
Hoy vemos cómo se han intensificado los operativos conjuntos contra estas redes, porque ya no es un problema menor como se había minimizado en su momento, sino una situación que se asemeja a las redes de extorsión carcelaria o al lavado de activos del microtráfico en el país. Sin embargo, también debemos hacer una reflexión profunda de lo que socialmente estamos aceptando y lo que debemos reprochar, porque solo así podremos llegar a generar grandes transformaciones que, desde la ética y la moral, generen cambios significativos en una nación.
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