
Hay un fenómeno que se repite con una precisión casi científica cada cuatro años, y que la ciudadanía ya reconoce sin necesidad de estudios ni estadísticas: el político no es el mismo antes y después de las elecciones. Es más, podríamos decir que existen, por lo menos, tres versiones claramente diferenciadas: el candidato, el elegido y el derrotado.
El primero, el candidato, es una criatura cercana, cálida y disponible. Contesta llamadas a cualquier hora, responde mensajes con rapidez casi sospechosa y aparece en reuniones, barrios, veredas y eventos como si tuviera el don de la ubicuidad. Su sonrisa es amplia, su saludo efusivo, su caminar ligero. Escucha, promete, toma nota. En campaña, el político parece entender que su capital más importante es el tiempo… y lo invierte en la gente.
Pero llega el día después.
Si gana, ocurre la primera transformación. El político elegido adquiere una nueva dimensión: la del funcionario ocupado. El teléfono empieza a sonar distinto, o mejor, deja de sonar. Los mensajes quedan en visto. Las reuniones se vuelven difíciles de agendar. Ahora hay “compromisos institucionales”, “agenda apretada”, “prioridades del cargo”. El mismo que antes recorría calles sin descanso, ahora se desplaza entre oficinas, escoltas y protocolos. La sonrisa se vuelve medida, el saludo más breve, el acceso más restringido. No es que no quiera responder —dirán algunos—, es que “ya no puede”.
Y entonces aparece esa frase que se vuelve símbolo de la distancia: “no me llame, yo lo llamo”.
Pero no solo cambian los que ganan.
El que pierde también se transforma, aunque de otra manera. El candidato derrotado suele desaparecer con una mezcla de desencanto y silencio. Algunos sienten que la gente no les respondió, otros se repliegan con la excusa legítima del descanso, del tiempo en familia, de “reorganizarse”. El teléfono, otra vez, deja de ser prioridad. Ya no hay afán de contestar, ya no hay urgencia de estar. La cercanía que antes era constante se diluye en el argumento de que “más adelante” habrá tiempo para volver.
Así, entre el que gana y se distancia, y el que pierde y se ausenta, queda el ciudadano en el mismo lugar: marcando números que no responden.
Lo más llamativo no es solo el cambio de actitud, sino el cambio de identidad. El político modifica su lenguaje corporal, su forma de caminar, su tono de voz. Con credencial, se vuelve institucional; sin credencial, se vuelve intermitente. En campaña, es cercano; sin campaña, es esquivo. Es como si la política no solo fuera una actividad, sino un estado de ánimo condicionado por el resultado electoral.
Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿en qué momento se rompe ese vínculo que en campaña parecía tan genuino?
Quizás la respuesta está en entender que, para muchos, la relación con la ciudadanía es coyuntural y no estructural. Se activa cuando se necesita y se enfría cuando ya no es urgente. El problema es que la gente no deja de necesitar respuestas después de las elecciones.
Porque las calles siguen igual, los problemas no entran en pausa y la comunidad no desaparece hasta la próxima campaña.
Por eso, más que una crítica, esta es una constatación que muchos comparten en voz baja: el político no cambia con el cargo, se revela con él. Y en ese proceso, deja al descubierto si su cercanía era convicción… o estrategia.
Mientras tanto, del otro lado del teléfono, la historia se repite: suena, suena… y nadie contesta.
La opinión del columnista obedece exclusivamente a su criterio y al del sector que representa, y no compromete ni refleja la postura ni la línea editorial del medio de comunicación Ángeles TV.




