
El fallecimiento del chef ibaguereño Cristian Montaño, tras una riña motivada por diferencias políticas, se convirtió en un nuevo capítulo del debate sobre el odio y la polarización en el país.
El hecho ocurrió el 30 de septiembre en el parque Centenario de Ibagué, cuando Montaño expresó su alegría por la visita del presidente Gustavo Petro. Un hombre lo increpó y, tras una acalorada discusión, lo golpeó con una guadua. Aunque fue trasladado a un centro asistencial, murió la noche del 1 de octubre por complicaciones derivadas de la agresión.
Petro: “Lo asesinaron por ser petrista”
El presidente Gustavo Petro se pronunció este viernes sobre lo sucedido, asegurando que la muerte de Montaño es consecuencia directa del odio político que se ha instalado en algunos sectores del país.
> “Han llenado de odio desde los púlpitos de los gobiernos locales… y producen muerte. Aquí asesinaron a Cristian Montaño: chef, joven, trabajador, petrista. Lo asesinaron por simpatizar con mis ideas”, afirmó.
El mandatario comparó este tipo de agresiones con los episodios más oscuros de la violencia política en Colombia y pidió honrar la memoria de Montaño como un símbolo de esperanza y resistencia en el Tolima.
Contexto político
El caso ocurre en vísperas de la visita presidencial a Ibagué, programada para este viernes en la Plaza Murillo Toro. Lo que en principio era un evento de expectativa política y movilización ciudadana, ahora está atravesado por la sombra de un crimen que pone de nuevo sobre la mesa la discusión sobre la intolerancia, el discurso político y la responsabilidad de los líderes locales en el manejo de la confrontación ideológica.
Analistas advierten que este hecho no solo refleja la polarización en la capital tolimense, sino que podría convertirse en un símbolo del clima de tensión nacional en torno al proyecto político del presidente. Mientras tanto, la Fiscalía y la Policía avanzan en las investigaciones para esclarecer responsabilidades.
Un espejo de la Colombia política actual
Más allá de la tragedia, el caso Montaño expone una realidad incómoda: la política en Colombia sigue siendo un terreno marcado por la confrontación emocional y la violencia, donde la diferencia de opinión puede escalar a niveles mortales. En un contexto preelectoral, este crimen adquiere un peso simbólico: evidencia el reto del gobierno nacional para combatir la intolerancia, pero también pone en entredicho el papel de los actores políticos locales que, en sus discursos, alimentan la división.
La pregunta que queda en el aire es si la sociedad colombiana será capaz de transformar este episodio en un llamado a la convivencia democrática, o si, por el contrario, se convertirá en otro capítulo más de la larga lista de violencias políticas que han atravesado la historia nacional.




