
En Colombia, el diálogo parece haberse convertido en una especie en vía de extinción. Las diferencias políticas, que en teoría deberían ser el motor de la democracia, se han transformado en trincheras desde donde cada bando dispara consignas, acusaciones y descalificaciones. Lo grave no es solo la distancia ideológica, sino la incapacidad de escuchar, de argumentar y, sobre todo, de construir.
En las redes sociales y en las calles, los debates han sido reemplazados por gritos. Las discusiones se reducen a “estar a favor” o “estar en contra” de tal o cual figura, sin espacio para los matices. No hay tiempo para analizar los datos, evaluar políticas o pensar a largo plazo; la agenda pública se define por el escándalo del momento. Hoy es una polémica, mañana otra, y así se nos va el país entre titulares que duran lo que un suspiro.
Mientras tanto, los problemas estructurales siguen intactos: la calidad de la educación en muchos colegios y universidades no logra ponerse a la altura de los desafíos globales; la inversión en ciencia, tecnología e innovación es insuficiente; la competitividad internacional se resiente ante un clima de inestabilidad política y jurídica que espanta a inversionistas; y el Estado continúa más ocupado en apagar incendios mediáticos que en trazar un rumbo claro.
La polarización no solo impide avanzar, sino que nos condena a caminar en círculos. El adversario político ya no es visto como alguien con ideas diferentes, sino como un enemigo al que hay que derrotar a toda costa, incluso si en ese proceso se arrasa con las instituciones y el respeto mutuo.
Colombia necesita recuperar el sentido de propósito común. No se trata de renunciar a las diferencias —que son inevitables y necesarias—, sino de aprender a gestionarlas de manera civilizada. El país no puede seguir hipotecando su futuro por discusiones estériles y luchas de poder que no llenan estómagos, no construyen aulas y no resuelven los problemas de la gente.
Si seguimos priorizando el ruido sobre las soluciones, la indignación sobre la propuesta, el titular fácil sobre el análisis profundo, corremos el riesgo de quedarnos rezagados en un mundo que avanza sin esperar a los que se quedan atrapados en sus peleas internas. El reto es claro: menos gritos, más ideas; menos ego, más país.




