
En los últimos años han surgido expresiones sociales que desafían las nociones tradicionales de identidad. Algunas de ellas nacen de debates legítimos, necesarios y enriquecedores para la evolución cultural. Sin embargo, otras generan profundas inquietudes, no por su diferencia, sino por lo que implican en términos de desconexión con la realidad. Una de estas es la denominada conducta therian, una corriente en la que ciertas personas afirman identificarse espiritual o psicológicamente como animales.
Este fenómeno, más allá de lo anecdótico o lo que algunos consideran una simple forma de expresión individual, plantea preguntas de fondo que no podemos evadir como sociedad. La primera de ellas es, si todo aquello que una persona siente debe ser validado automáticamente como una realidad objetiva incuestionable. Porque una cosa es respetar la dignidad humana, principio fundamental e innegociable, y otra muy distinta es renunciar a los límites que nos permiten convivir dentro de un marco común de racionalidad.
La condición humana no es una construcción caprichosa ni una percepción subjetiva modificable a voluntad. Es una realidad biológica, social y cultural que nos da derechos, pero también responsabilidades. Cuando una persona decide asumirse como un animal, no solo está adoptando una metáfora o un símbolo, está enviando un mensaje más profundo, el rechazo de su propia condición humana. Y ese rechazo no puede analizarse únicamente desde la tolerancia, sino también desde la preocupación.
Preocupa porque detrás de estas conductas puede existir una profunda confusión personal, una necesidad de pertenecer o una búsqueda desesperada de identidad en un mundo que muchas veces desorienta. Pero también preocupa porque normalizar cualquier forma de autoidentificación sin ningún tipo de reflexión crítica, debilita la base misma de lo que entendemos como realidad compartida.
La sociedad no puede avanzar si pierde sus puntos de referencia, la empatía no puede convertirse en complicidad con la negación de la realidad. Comprender no es lo mismo que validar todo, respetar no significa renunciar al sentido común. Además, existe un riesgo adicional, el de trivializar los verdaderos problemas que enfrentan las personas. Mientras millones de seres humanos luchan por el acceso a la educación, el empleo y la salud mental, resulta desconcertante que parte de la conversación pública se centre en validar identidades que no corresponden a la naturaleza humana.
Esto no significa promover el rechazo, la burla o la discriminación, todo lo contrario, significa reconocer que, quienes adoptan estas conductas pueden necesitar acompañamiento, orientación y apoyo, no aplausos automáticos. Porque el verdadero respeto no consiste en decirle a alguien todo lo que quiere escuchar, sino en ayudarle a mantenerse conectado con aquello que le permite vivir plenamente en la realidad.
También es necesario preguntarnos qué papel están jugando las redes sociales en la difusión de estas conductas. En muchos casos, estas plataformas premian lo llamativo, lo extraño y lo viral, sin medir las consecuencias. Lo que comienza como una minoría termina amplificándose hasta parecer una tendencia generalizada, especialmente entre jóvenes que aún están construyendo su identidad.
Una sociedad madura no cancela el debate, lo enfrenta. No impone, pero tampoco renuncia a reflexionar. No excluye, pero tampoco pierde el criterio.
Ser humano no es una limitación, es una oportunidad, es la posibilidad de pensar, crear, construir, amar y transformar el mundo.
Perder de vista eso no es un avance. Es, quizás, una señal de que en medio del ruido contemporáneo, estamos olvidando quiénes somos y esa es una discusión que no podemos evadir.
La opinión del columnista obedece exclusivamente a su criterio y al del sector que representa, y no compromete ni refleja la postura ni la línea editorial del medio de comunicación Ángeles TV.




