
El Tolima ha mostrado avances en competitividad, pero la realidad detrás de los números refleja una historia de contrastes. Si bien el departamento escaló posiciones en el Índice Departamental de Competitividad (IDC), la brecha entre municipios sigue siendo alarmante. La pregunta es clara: ¿Son estos avances suficientes o seguimos maquillando un modelo de desarrollo desigual?
Uno de los problemas más graves es la pobreza multidimensional, que golpea con más fuerza a los municipios del sur del Tolima. En Ataco, el 64% de la población enfrenta privaciones en educación, salud y vivienda, con un 94,6% de los hogares dependiendo del trabajo informal. En Coyaima, la pobreza multidimensional afecta al 62,1% de sus habitantes. En Planadas, la cifra es del 55,4%. Estas comunidades no solo están lejos del crecimiento económico, sino que permanecen atrapadas en un ciclo de precariedad sin soluciones a la vista.
El rezago educativo es otro síntoma de la crisis. Mientras el IDC destaca el buen desempeño del Tolima en educación básica y media, los datos a nivel municipal son preocupantes. Municipios como Ataco, Roncesvalles, Ortega y Rioblanco obtienen menos de 40 puntos en el ODS 4 (Educación de calidad), lo que significa que miles de niños y jóvenes crecen sin acceso a una educación que les permita salir de la pobreza. La tasa de deserción escolar del departamento, del 5,67%, es una alerta que no puede ignorarse.
Las brechas urbanas y rurales refuerzan la desigualdad. En Ibagué, la pobreza multidimensional en el casco urbano es del 12,9%, mientras que en las zonas rurales alcanza el 42,6%. Esto deja en evidencia un desarrollo fragmentado, donde las oportunidades están concentradas en unos pocos municipios y el resto del departamento queda relegado.
El sector productivo también enfrenta dificultades. Los microempresarios, que representan una parte esencial del tejido económico, luchan contra barreras como el difícil acceso al crédito, la alta carga tributaria y la competencia desleal. En sectores como la agroindustria, los pequeños productores de arroz y café se ven afectados por los altos costos de producción y la falta de infraestructura vial para sacar sus productos a mercados más amplios. En la industria manufacturera, las pequeñas y medianas empresas (PYMEs) deben lidiar con una baja inversión en innovación y tecnología, lo que las deja en desventaja frente a competidores de otras regiones.
Mientras el gobierno departamental habla de un «Plan Regional de Competitividad», la realidad en los territorios sigue siendo la misma: falta de empleo formal, bajos niveles de inversión y un modelo económico que no ha sabido integrar a las zonas más vulnerables. Si el Tolima quiere ser realmente competitivo, debe dejar de mirar solo a Ibagué y El Espinal, y empezar a construir estrategias que beneficien a todo el territorio. La competitividad sin equidad es solo un espejismo.
El Tolima avanza, pero a dos velocidades. Mientras unos celebran mejoras en los rankings, otros siguen sin acceso a servicios básicos, sin oportunidades y sin un futuro claro. La verdadera competitividad no se mide solo en puestos escalados, sino en el bienestar de la gente. Y ahí, aún estamos en deuda.
¿Hasta cuándo se permitirá que la competitividad del Tolima sea un privilegio de unos pocos, mientras el resto del departamento sigue sumido en el rezago y los microempresarios y sectores productivos luchan por sobrevivir?




