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Cada vez que sucede una tragedia, nos preguntamos: ¿qué está pasando, Dios?, pero lo más importante sería: ¿qué debemos hacer para superar esta situación?

Por: Efran Daniel Lugo Murcia, Politólogo especialista en Gestión Pública

Esta semana se conmemoró el Día Mundial de Prevención del Suicidio.

En todo el país, las entidades territoriales realizaron actividades, algunas con sus funcionarios y otras directamente en barrios y comunas con su oferta institucional. Sin embargo, estas conmemoraciones no han logrado resultados significativos. En el Tolima, por ejemplo, la gobernadora señaló recientemente en rueda de prensa que las entidades de salud han documentado 850 intentos de suicidio, una cifra que evidencia la gravedad del problema de salud mental en el departamento. Si bien se reconoce la preocupación, la ciudadanía espera acciones reales más allá de una línea amiga o de reuniones del comité de salud mental.

Para comenzar, debemos entender el concepto de “suicidio”. La Organización Mundial de la Salud señala que es un “trastorno mental multidimensional, resultado de una interacción compleja de diversos factores; biológicos, genéticos, psicológicos, sociológicos y ambientales”. Nuestro departamento supera la tasa nacional de casos relacionados con salud mental. Hablar de este tema exige responsabilidad, porque se trata de un problema sensible que refleja heridas históricas y sociales.

Colombia, lamentablemente, ha sido un país marcado por la violencia. Desde la conquista, pasando por las guerras bipartidistas, el conflicto armado, el desplazamiento forzado, hasta el narcotráfico que sembró terror con bombas en las ciudades. Generaciones enteras crecieron en medio del miedo, del desarraigo y de la pérdida. Este legado ha dejado secuelas profundas en la salud mental de nuestra sociedad.

Cuando alguien se quita la vida, muchos califican a las nuevas generaciones como “de cristal”. Pero lo cierto es que el suicidio no es un asunto de debilidad, sino una decisión desesperada, consumada e intencionada, frente a un sufrimiento que no encuentran cómo aliviar. Conversé con una persona muy cercana a mí, que padeció un trastorno mental y estuvo a punto de perder la vida en ese oscuro camino. Él mismo admite que aún no logra entender cómo su cuerpo y su mente fueron dominados por la oscuridad.

Las personas con problemas de salud mental están en todas partes, nadie está exento. Quizás quien lee estas líneas está pasando por ello. Muchos buscan ayuda institucional y salen revictimizados: largas esperas, profesionales saturados de cargas emocionales y, a veces, sin la idoneidad necesaria. Esta atención deficiente alimenta la ansiedad y profundiza la sensación de abandono.

A esto se suman múltiples factores: el mal uso de las redes sociales, la violencia intrafamiliar, el bullying, la falta de oportunidades laborales, la sobrecarga en el trabajo, la inseguridad en las calles, las promesas incumplidas de la política, los rompimientos amorosos o la ausencia de espiritualidad. Todos estos escenarios pueden convertirse en detonantes de la enfermedad.

Como bien lo plantean algunos autores: “el suicidio y las conductas suicidas se entienden antes como resultado de problemas de la vida que se atascan, que como alteraciones cerebrales, hormonales o genéticas” (Arcia-Haro et al.).

Estos factores no encierran a quienes padecen un trastorno mental; cada persona lo vive de forma distinta y muchas veces ni siquiera saben explicar la causa de su sufrimiento.

Hoy hago un llamado no solo a la institucionalidad, sino también a las familias, las escuelas y la sociedad en general. No basta con decir “todo va a estar bien”. Se necesitan acciones concretas: atención oportuna y de calidad, hogares que promuevan el diálogo asertivo, escuelas que fomenten el respeto entre los estudiantes y, desde lo personal, fortalecer el amor propio. Para mí, la espiritualidad también juega un papel esencial: buscar dentro de nosotros esa conexión con lo divino, con la naturaleza o con el sentido trascendente de la vida, puede ayudarnos a encontrar la fortaleza necesaria para amarnos y amar a los demás.

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