
Las mujeres ya no son una promesa del futuro: son una realidad del presente. Hoy, ver a una mujer detrás de un volante, liderando una audiencia judicial, cultivando la tierra o atendiendo un quirófano, dejó de ser novedad. Ya no sorprende, como hace algunas décadas, porque las mujeres se han ganado con determinación, preparación y carácter su lugar en todos los escenarios posibles.
Sin embargo, aún queda un terreno espinoso: el del poder político, ese que históricamente ha sido un bastión masculino. Pero los tiempos han cambiado y, aunque lentamente, se abre paso una generación de mujeres que no solo quiere votar, sino también gobernar. Mujeres que no se conforman con estar tras bambalinas, sino que asumen el rol protagónico, que levantan la voz, toman decisiones y lideran procesos.

Y es aquí donde el Tolima entra a escena con un hecho que no es menor: por primera vez, una mujer gobierna el departamento (Adriana Magaly Matiz) y otra lidera la capital (Johana Aranda). Verlas caminar juntas, sonreír, respaldarse mutuamente, envía un mensaje poderoso, esperanzador y necesario: el liderazgo femenino es posible, y además es útil, coherente y transformador.
Sí, se han pronunciado discursos en clave de género: “es el momento de las mujeres”, “unidas somos más fuertes”, y aunque muchos los ven como estrategia electoral, lo cierto es que algo ha cambiado. Las mujeres somos organizadas, detallistas, propositivas, y como dice el dicho popular, tenemos una «malicia indígena» que nos guía, que nos alerta, que nos permite leer entre líneas y entender con quién sí y con quién no se puede construir.
Claro, el panorama no es color de rosa. Estamos en un momento de alta tensión política, donde empiezan los cálculos, los puños sobre la mesa, los discursos fuertes y las promesas de siempre. Y ahí, en medio de esa selva electoral, el reto de estas dos mujeres será mantener su alianza sincera, su respaldo real y su capacidad de maniobrar entre intereses políticos que no siempre están alineados con el bienestar colectivo.
Ojalá esa unión que hoy exhiben no sea flor de un día, ni una foto más para las redes. Ojalá sus sonrisas y abrazos no sean actuados, sino auténticos, sostenibles, y que logren trascender a las presiones que les imponen quienes aún piensan que gobernar es cosa de hombres.
Porque lo que está en juego no es solo una gestión de cuatro años. Lo que está en juego es el ejemplo que le dejan a todas esas niñas y jóvenes que sueñan con llegar lejos. Y ustedes, Adriana y Johana, ya han demostrado que sí se puede.
Como mujer, me siento orgullosa. Porque cada vez que una mujer llega, no llega sola: abre el camino para muchas más. Solo espero que las dejen trabajar, que las respeten y que recuerden que el poder también se puede ejercer con sensibilidad, empatía y firmeza.
Y sí, no hay mujeres feas, gordas, viejas, ni débiles. Lo que hay son mujeres decididas a transformar su entorno. Y eso, señores, no hay estructura patriarcal que lo detenga.
En ese camino hacia una democracia más justa e incluyente, es fundamental rechazar con firmeza cualquier forma de violencia política, sea contra mujeres o contra hombres. La política no tiene género, ni debería tenerlo; lo que sí debe tener son ideas claras, propuestas viables y un profundo compromiso con el bienestar de la gente. No se trata de quién porta la corbata o quién lleva tacones, sino de quién tiene la capacidad de construir, de escuchar y de liderar con responsabilidad. Porque al final, lo que transforma los territorios no son los discursos, sino los hechos.




