
En los últimos días, Ibagué fue escenario de un gran debate sobre la Política Pública de Cultura a 10 años, con la participación de actores culturales y el Concejo Municipal de Ibagué. Un espacio necesario, esperado y, sobre todo, urgente.
Sin embargo, más allá del discurso técnico y las buenas intenciones, la pregunta que debemos hacernos como ciudad es clara: ¿estamos construyendo una política cultural transformadora o simplemente un documento más para cumplir requisitos administrativos?
Ibagué, reconocida históricamente como Ciudad Musical de Colombia, no puede seguir improvisando su visión cultural. Una política pública a 10 años no puede limitarse a diagnósticos repetidos ni a promesas generales. Debe ser una herramienta con presupuesto, indicadores claros, seguimiento real y participación vinculante de los artistas, gestores y comunidades.
Durante el debate se escucharon voces valiosas, pero también quedó en evidencia algo preocupante: la brecha entre lo que se planea y lo que realmente se ejecuta. Los sectores culturales siguen enfrentando problemas estructurales: precariedad laboral, falta de estímulos permanentes, escasa descentralización hacia comunas y corregimientos, y procesos de formación que dependen más de voluntades individuales que de una estrategia institucional sólida.
Una política pública a 10 años no puede construirse desde el escritorio. Debe nacer del territorio, de las escuelas de formación, de los grupos independientes, de los procesos comunitarios que sostienen la cultura sin grandes recursos pero con enorme compromiso.
El debate en el Concejo fue importante, pero ahora viene lo verdaderamente determinante:
¿Habrá presupuesto garantizado anual?
¿Se blindará la política frente a los cambios de gobierno?
¿Se establecerán mecanismos de evaluación pública y rendición de cuentas?
Porque una política cultural sin financiación clara es solo un manifiesto. Y una política sin seguimiento ciudadano es un saludo a la bandera.
Ibagué necesita una cultura entendida como eje de desarrollo social, prevención de violencia, construcción de tejido comunitario y proyección económica. No como un evento aislado en temporada de festivales.
El reto es grande. Y la responsabilidad también.
Si esta política pública logra convertirse en un compromiso institucional real, podremos hablar de transformación.
Si no, será otro documento archivado mientras los artistas siguen resistiendo desde la autogestión.
La cultura no puede esperar diez años para ver resultados.
La cultura necesita decisiones valientes hoy.




