
Hay algo profundamente peligroso ocurriendo en Colombia, y quizás todavía no terminamos de entender su dimensión. No se trata únicamente de la inseguridad, ni de la corrupción, ni siquiera de la eterna polarización política que consume cada discusión pública. Lo verdaderamente grave es que estamos dejando de creer en toda forma de autoridad.
Ya no se desconfía de un gobierno; se desconfía del Estado mismo. Da igual quién llegue al poder. La sospecha permanece. La gente ya no cree en el Congreso, ni en la justicia, ni en los partidos, ni en la Policía. Y lo más inquietante es que esa fractura ya empezó a extenderse incluso hacia espacios que antes parecían intocables: la escuela, la familia, el profesor, el padre, la palabra adulta.
Colombia empieza a parecerse a una sociedad donde cada quien quedó librado a sí mismo.
Quizás por eso el ambiente cotidiano se siente tan extraño. Todo el mundo opina, pero nadie escucha. Todo el mundo exige respeto, pero nadie reconoce la autoridad del otro. Se pide orden mientras se glorifica el atajo. Se reclama honestidad mientras se admira y aplaude al vivo. Se habla de institucionalidad mientras la mitad del país siente que las instituciones jamás estuvieron realmente de su lado a lo largo de la historia.
Y entonces aparece el fenómeno más peligroso de todos: la normalización del cinismo.
La gente ya no se indigna porque crea que las cosas pueden mejorar; se indigna por costumbre, casi por reflejo. El escándalo dura unas pocas horas. La corrupción dejó de sorprender. La violencia hace décadas dejó de escandalizar. Incluso la mentira pública perdió capacidad de producir vergüenza y ahora es la herramienta principal del escenario político. Vivimos saturados de información, pero completamente vaciados de confianza.
Max Weber advertía que el Estado solo puede sostenerse mientras conserve legitimidad, es decir, mientras las personas acepten que existe una autoridad válida por encima de la fuerza bruta. Y quizás ahí está la herida de fondo de Colombia: el problema no es solamente que el Estado haya fallado, sino que millones de personas dejaron de sentirlo como algo propio.
Cuando la autoridad pierde legitimidad, la sociedad empieza a fragmentarse lentamente. Cada ciudadano se convierte en su propia ley moral. El otro deja de verse como un semejante y empieza a verse como una amenaza, un obstáculo o un enemigo.
Durkheim lo entendió hace más de un siglo cuando escribió que “la sociedad no puede desintegrarse sin que el individuo se desligue de la vida social”. Y eso es exactamente lo que empieza a respirarse hoy: individuos cada vez más solos, más desconectados y más desconfiados de todo aquello que antes organizaba la vida común, aun y cuando vivimos el furor de la hiperconectividad.
Por eso esta crisis no se resuelve únicamente ganando elecciones, cambiando ministros o reformando instituciones. El problema ya ha permeado en la vida cotidiana, en la forma en que nos hablamos, en cómo convivimos y hasta en cómo criamos a nuestros hijos. Hoy muchos padres sienten que perdieron autoridad en sus propias casas, los profesores dejaron de ser vistos como figuras de respeto y cualquier límite parece convertirse inmediatamente en una agresión. Todo se discute, todo se desafía, pero casi nadie quiere asumir responsabilidades.
Lo legitimo de la autoridad no se recupera con sensacionalismos ni a mano dura. Se reconstruye cuando vuelve a existir ejemplo, coherencia y confianza. Cuando la gente siente que quien ejerce el control también cumple. Cuando la palabra vuelve a valer algo. Cuando las instituciones dejan de sentirse lejanas y cuando, incluso en lo pequeño, en la familia, en el barrio, en el colegio, volvemos a aprender que convivir también implica reconocer límites y respetar al otro.
Un país puede sobrevivir a un mal gobierno.
Lo que muy pocos países sobreviven es a una sociedad donde nadie cree en nadie.
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