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El odio usa internet: La indignación genera interacción.

Piense en la última vez que vio un comentario brutal, agresivo o desafortunado en Facebook. Alguien atacando a otro con una agresividad que jamás usaría de frente. Insultos que nadie diría mirando a los ojos a otra persona. Probablemente lo vio hace menos de 24 horas. Quizás lo pasó por alto. Quizás pensó: «así es internet». Pero no… No debería ser así.

Las plataformas como Facebook, YouTube o TikTok ganan dinero mientras usted las usa. Por eso sus algoritmos están programados para una sola cosa: mantenerlo enganchado. ¿Y qué lo engancha más? El contenido que le genera rabia, miedo o indignación, todos nos hemos detenido a mirar los comentarios, tal vez se nos escapa un me gusta o un me divierte en uno de esos debates eternos de redes sociales. Nadie programó esto para hacer daño. Pero el resultado es que, sin querer, crearon una máquina perfecta para empujar a la gente hacia contenidos cada vez más extremos. Un video crítico lleva a otro más intenso, luego a otro más. En pocas semanas puede haber pasado de consumir opinión informada a consumir contenido que deshumaniza a grupos enteros de personas, sin percibir que cruzó ninguna línea. Facebook reveló en documentos internos filtrados en 2021 que sus propios ingenieros sabían que el algoritmo empujaba a usuarios hacia grupos extremistas. Lo sabían. El debate era si valía la pena cambiarlo, porque hacerlo reduciría el tiempo en pantalla, y por tanto los ingresos de la plataforma.

Este contexto global, que podemos pensar que no nos afecta, nos lleva a un escenario más cotidiano. El grupo de WhatsApp familiar, que también es parte de esto; Alguien comparte un video que dice que cierto grupo de personas es la causa de todos los problemas del país “Son flojos, son ladrones, son ventajosos, son lentos”. Varios de estos video cuentan con toda una producción detrás: Tienen música dramática, cifras sin fuente y un narrador muy seguro de lo que dice. Varios familiares reaccionan con emojis de fuego, o de risa, algunos confirman, otros solo ignoran. Nadie pregunta de dónde viene la información. Eso, en pequeño, es exactamente el mismo mecanismo que en grande ha llevado a movimientos de odio a encontrar en internet su mejor herramienta. No porque su familia sea mala gente, o seamos “haters en serie” sino porque el contenido diseñado para generar indignación es extraordinariamente efectivo, silencioso, y lo peor es que todos somos vulnerables a él.

Mucho de lo que parece odio espontáneo en internet no lo es. Existen operaciones organizadas (financiadas por actores político) cuyo trabajo es inundar el debate público con desinformación y dividir a la sociedad. Se les llama granjas de trolls, o las actuales “bodegas”. Su objetivo no es imponer una idea. Es más sencillo y más dañino: que los ciudadanos desconfíen de todo, se peleen entre sí y se alejen de las instituciones y de la información. Y funciona. ¡Realmente funciona! Todo esto sería más fácil de combatir si viniera con etiqueta (Alto en Odio, Exceso de Desinformación). Pero el odio digital viene empaquetado en memes con humor, videos de «lo que los medios no te cuentan» y cuentas que hablan con tono de sentido común, que parece ser el menos común de los sentidos en redes sociales. Este contenido se disfraza de libertad, de creatividad, hasta de democracia para atacar la dignidad de las personas: ¡Ignorante! ¡Lea, estudie! Son armas esgrimidas es las cruzadas por la verdad digital, en un campo minado llamado libertad de expresión.

Antes de compartir algo, vale la pena hacerse tres preguntas: ¿Quién lo produjo? ¿Qué emoción me está generando? ¿Está atacando ideas o está atacando personas? Es la máxima socrática de los tres tamices, aplicada al mundo digital.

Reconocer estos mecanismos no es una posición política. Es una competencia ciudadana básica en el siglo XXI. El odio con wifi, el que te da risa, el que te da rabia, el que te da miedo, es todavía odio. Y la primera línea de defensa somos cada uno de nosotros, cada vez que decidimos qué compartir, qué comentar y con qué interactuar

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