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Apuestas deportivas: La pandemia que no contagia el cuerpo, sino la emoción.

Por: Daniel Esteban Bermudez Hernandez. Sociólogo

Tengo un amigo que ya no se emociona igual con los partidos.

Antes gritábamos juntos cuando el equipo pequeño le arañaba un gol al gigante, esa épica de David contra Goliat que es, en el fondo, la razón por la que amamos el fútbol. Antes sufríamos por la Selección como se sufre por algo que sentimos nuestro, sin cálculo, sin letra menuda. Ahora mi amigo ve otro partido. Cuenta los saques de banda. Suma los tiros de esquina. Anota las tarjetas. Calcula los remates al arco por jugador. Su celular vibra más que su corazón. Cuando le pregunto por el marcador, me responde con una cuota.

Lo que le pasó a mi amigo no es una anécdota: es un síntoma. Hay una pandemia silenciosa instalada en nuestros bolsillos y en nuestras pantallas, y a diferencia de las otras, esta no nos enferma el cuerpo. Nos enferma la emoción. Nos arrebata, una jugada a la vez, la capacidad de disfrutar sin que medie una promesa de dinero.

Los números asustan más que cualquier metáfora: En Colombia existen más de 11 millones de cuentas activas de apuestas en el país, lo que equivaldría a triplicar la población de Medellín. Cada día se realizan más de tres millones de transacciones relacionadas con apuestas. El dinero que mueve esto desafía la imaginación. El negocio de las apuestas deportivas en línea reportó ingresos brutos de 45 billones de pesos en 2024, y es el rubro que más creció dentro del sector de entretenimiento, el principal jalonador de la economía nacional. Para dimensionarlo: en 2019 las apuestas alcanzaban 5,4 billones, y desde entonces el crecimiento no se ha detenido, pasando por 16 billones en 2021 y 26 billones en 2022. La directora del DANE, Piedad Urdinola, lo describió como un negocio de crecimientos enormes, de hasta el 90% desde la pandemia.

¿Y cuánto gasta el apostador promedio? Los colombianos lideramos la región. Un 32% afirma invertir más de 50.000 pesos al mes, mientras que un 21% gasta menos de 10.000. Pero lo revelador es la frecuencia: el 87% de los colombianos que apuestan lo hace al menos una vez al mes, y el 67% realiza apuestas semanalmente. Y contra todo pronóstico, el grupo más activo no son los jóvenes, sino los adultos entre 45 y 54 años, de los cuales el 75% apuesta cada semana. La oferta es abrumadora porque el negocio es abrumadoramente rentable. En Colombia solo 14 plataformas cuentan con autorización de Coljuegos para operar legalmente (entre ellas Betplay, Wplay, Rushbet, Codere, Betano), pero esa cifra apenas es la punta del iceberg. Coljuegos ha solicitado el bloqueo de más de 28.100 páginas web ilícitas, y se espera que en los próximos meses se emitan alrededor de 3.000 solicitudes adicionales. Más de veintiocho mil. Esa es la verdadera dimensión de la avalancha que nos cae encima cada vez que abrimos una red social o prendemos un partido.

El fútbol mismo se rindió. 18 de los 20 equipos de primera división son patrocinados por una casa de apuestas, así como el campeonato. No es casualidad que mi amigo ya no vea el partido: el partido entero está diseñado para que apueste. Y aquí está la trampa más fina. Ya no se apuesta solo al ganador. Las opciones no se limitan al marcador final: se puede apostar por la cantidad de tarjetas rojas o amarillas, por los tiros de esquina, por el jugador que haga gol. Cada minuto del juego se ha fragmentado en una microapuesta. Por eso mi amigo cuenta saques de banda: lo entrenaron para verlos. Le cambiaron los ojos.

Cerremos con la cuenta fría, esa que las publicidades nunca te muestran entre bonos y cuotas brillantes.

El mecanismo está diseñado, por ley, para que la casa gane siempre. Los operadores deben entregar en premios el equivalente al 83% de los ingresos que reciben por las apuestas. En la práctica, para competir contra la ilegalidad las plataformas han subido el retorno hasta el 93, 94 e incluso el 95%. Suena generoso, casi un regalo. Pero leamos lo que de verdad dice esa cifra: de cada peso apostado, 95 centavos retornan al público; es el estándar internacional. Cinco centavos de cada peso se los queda la casa. Parece poco. No lo es. Porque ese 5% no se cobra una vez: se cobra en cada apuesta, una y otra y otra vez. El apostador que reinvierte sus ganancias (y casi todos lo hacen) ve cómo ese pequeño porcentaje le devora el capital vuelta tras vuelta, hasta que el saldo llega, matemáticamente, a cero. Como reconoce el propio gremio, es una industria con márgenes muy pequeños donde lo que importa es el volumen. El volumen eres tú, apostando mil veces. A eso súmale los impuestos que salen de tu bolsillo: desde el 22 de febrero de 2025 rige un IVA del 19% sobre los depósitos realizados en plataformas de apuestas en línea. Y si tienes la fortuna de ganar en grande, al retirar ganancias que superen las 48 UVT (unos 2.390.000 pesos en 2025) el sistema retiene automáticamente un impuesto del 20%.

Resumamos la matemática para el apostador de a pie: pagas 19% al entrar, juegas contra una casa que se queda con su tajada en cada movida hasta vaciarte, y si llegas a ganar en serio, pagas otro 20% al salir. La probabilidad de salir ganando en el largo plazo no es baja: es estructuralmente nula. El negocio mueve 45 billones precisamente porque la mayoría pierde. Pero el dinero, al final, es lo de menos. Lo que de verdad se pierde no aparece en ningún balance.

Mi amigo recuperará la plata; siempre se recupera de alguna forma. Lo que no sé si recuperará es la emoción limpia de ver a David enfrentarse a Goliat sin pensar en la cuota. La capacidad de gritar un gol porque sí, porque es nuestro equipo, porque amamos esto. Esa emoción no tiene retorno teórico del 95%. Cuando se va, se va completa. Así que la pregunta no es cuánto puedes ganar. La pregunta es la que da título a esta reflexión, y la dejo sin responder porque cada quien la responde solo, a las dos de la mañana, con el celular vibrando y el partido ya terminado: ¿Vale la pena sacrificar tu tranquilidad por dinero?

 

 

La opinión del columnista obedece exclusivamente a su criterio y al del sector que representa, y no compromete ni refleja la postura ni la línea editorial del medio de comunicación Ángeles TV.

 

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