
La política en el Tolima, como en la gran mayoría de lugares del mundo, se ha vuelto hostil, conflictiva y alejada de apegos emocionales que, para los incrédulos, demuestran debilidad. Ese escenario de supervivencia ha hecho que habitarla sea un acto de valentía más que de cariño propio, un deber inapelable de blindar las emociones y los sentimientos que ellas generan o preceden.
Es por eso que estos cinco años en los que he habitado la política no han sido un lugar sencillo ni cómodo, sino la muestra de que la envidia, el odio o simplemente la venganza se vuelven comunes denominadores que, si uno no tiene la oportunidad de manejar sus emociones o simplemente distraerse con otras cosas, difícilmente tendrá un avance en este proceso.
Y aunque cueste decirlo, porque no es fácil admitir la afectación emocional de un espacio como este, he tratado de blindarme de la manera más sana posible, evitando que todo eso llegue a afectarme y recordando las razones por las cuales estamos en estos espacios: el mero servicio y la construcción de proyectos que le cambien la vida a la gente.
Así las cosas, para una persona no ha sido fácil, y es para mi mamá. La señora Ingrid —así se llama mi mamita— ha tenido que entender por qué, cuando fui representante estudiantil en la Unibagué, los rivales creaban cuentas falsas de Facebook para atacarnos por nuestro físico en los debates; le costó entender por qué, cuando fui Consejero Municipal de Juventudes en Ibagué, los poderes hegemónicos usaban el chisme para desprestigiar a los demás; y le costó aún más cuando fui Consejero Nacional de Juventudes, porque en los espacios donde se supone van los mejores representantes por departamentos y distritos existiera tanto odio y ataque.
Sin embargo, mi mamá, en la política, ha sido la mejor mentora, amiga, consejera y, por supuesto, la red de afecto que me ha sostenido en estos espacios. Ella ha sido alguien que, en los momentos donde más doloroso ha sido representar, siempre ha tenido las palabras indicadas para mejorar, hablar y construir.
Y hoy, en este escrito, aprovechando el Día de las Madres, quiero dejarles una de tantas frases que me han quedado marcadas de por vida y que, cuando siento que estoy perdiendo, repito en mi mente porque me acompaña siempre: “El amor, por más imposible que se vea, siempre se alimentará de esperanza”.
Estas últimas semanas, los espacios juveniles en Ibagué parecen perder la esperanza, y digo parecen porque no es así. Los escenarios de las juventudes son incluso más que una sola reunión o espacio. Ahí, en esa desilusión, cobra vida propia la frase que me decía mi mamá: la esperanza de luchar, de seguir, de continuar y de no dar el gusto de retirarse de lo que ha sido un sueño propio y colectivo.
Hoy no solo el amor de las madres en Colombia sostiene este país. La economía del cuidado es el pilar que más aporta, de manera invisible, al PIB y debe ser el principal reconocimiento sobre el que en política debemos trabajar e incidir para que sea remunerado y dignificado.
Por eso, que este día no sea solo para darle una flor, un regalo o una cena a sus mamás; que sea también un reconocimiento consciente, combativo y político para entender que, sin ellas, acá no estaríamos, no solo biológicamente, sino también políticamente. Por ellas nos debemos todo. ¿Qué vamos a hacer nosotros para recompensarlo?
Termino diciendo: muchas gracias, señora Ingrid, mamita hermosa, mi mamá, por darme todo lo que soy; por romperte el lomo para sacarme profesional; por estar en mis noches tristes y en mis días felices. No concebiría la existencia sin ti y mucho menos el futuro político que me espera. Nunca te gustó la política, pero eres más política que yo mismo. Te amo.
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